EDITORIAL FEBRERO


Clara Fontana reflexiona sobre la visión educativa de María Zambrano.

Pocas veces he leído algo tan precioso y verdadero sobre la tarea del maestro como unos párrafos de la filósofa española María Zambrano en Filosofía y Educación.

Son palabras que podemos entender si tenemos en la memoria a esos maestros que nos han marcado a cada uno y que son el ideal que perseguimos quienes nos dedicamos a esta bendita profesión. Vamos con el primero:

“Podría medirse quizá la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en modo activo. Y aun por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ello, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia. Pues que ello anuncia el sacrificio, la entrega.”

la tarea del maestro

Ese tenerse presente o entregarse a uno mismo diferencia radicalmente el día que entras en clase de forma rutinaria, con toda “tu ciencia” pero ausente de ti mismo. Esta posición de entregarse marca toda la diferencia:

“Y todo depende de lo que suceda en este instante que abre la clase cada día. De que en este enfrentarse de maestro y alumnos no se produzca la dimisión de ninguna de las partes.”

Hace falta que alumno y profesor estén presentes en lo que hacen, no dimitan, y el maestro debe estar atento cada día para ir en primera persona.

“Pues que una lección ha de darse en estado naciente. Se trata, en la transmisión oral del conocimiento, de un doble despertar, de una confluencia del saber y del no-saber-todavía. Y esto doblemente, pues que la pregunta del discípulo, esa que lleva grabada en su frente, se ha de manifestar y hacerse clara a él mismo. Pues el alumno comienza a serlo cuando se le revela la pregunta que lleva dentro agazapada. La pregunta que, al ser formulada, es el inicio del despertar de la madurez, la expresión misma de la libertad. (…)

No tener maestro es no tener a quien preguntar y más hondamente todavía, no tener ante quien preguntarse. Quedar encerrado dentro del laberinto primario que es la mente de todo hombre originariamente; quedar encerrado como el Minotauro, desbordante de ímpetu sin salida. (…)

Toda vida está en principio aprisionada, enredada en su propio ímpetu. Y el maestro ha de ser quien abra la posibilidad, la realidad de otro modo de vida, de la de verdad.

¡Qué maravilla de texto! Nuestra tarea es ayudar a que salga la pregunta que el alumno “lleva dentro agazapada”, “grabada en la frente”. No hay madurez ni ejercicio de la libertad sin hacer consciente la pregunta. ¡Cuántas sugerencias de método surgen de aquí! La pregunta despierta cuando tenemos delante maestros ante los que preguntarnos, que, por tanto, están ciertos de algunas cosas. Porque nadie pregunta si intuye que no hay respuesta.

Se empieza a salir del “laberinto” cuando estamos ante personas que no se esconden, que nos ofrecen hipótesis de respuesta, que confían en nosotros para verificarlas, que nos animan a preguntarnos y a responder porque confían en que existe un sentido, razones para vivir. Y entonces:

“La inicial resistencia del que irrumpe en las aulas se torna atención. La pregunta comienza a desplegarse. La ignorancia despierta es ya inteligencia en acto. Y el maestro ha dejado de sentir el vértigo de la distancia y ese desierto de la cátedra, como todos, pródigo de tentaciones. Ignorancia y saber circulan y se despiertan igualmente por parte del maestro y del alumno, que sólo entonces comienza a ser discípulo. Nace el diálogo”.

Todos los que hemos enseñado sabemos que entrar en un aula produce vértigo, porque no controlamos qué va a suceder ese día, porque ignoras cuál será la respuesta de tus alumnos, si ese día acudirán a tu llamada, a tu propuesta, o no. Se llama el “riesgo de educar”. Pero también sabemos cuál es la belleza del verdadero diálogo, la que nace cuando el otro está, cuando acude a tu llamada, cuando “entra” decimos coloquialmente entre nosotros. Entonces te pones a escuchar al otro, otra voz original que no eres tú. Hay pocas cosas tan preciosas como ver a un alumno preguntarse, salir de su laberinto y empezar a buscar por sí mismo, buscando tu mano y tu mirada cuando surge la duda o la debilidad.

Esta forma de estar, sin retraerse, entregándonos cada día, siendo conscientes de lo que está en juego es la que queremos cuidar en el Colegio. Crecer enseñando, enseñar creciendo, proponiendo siempre, incansablemente, retomando el camino cada vez, para ver el milagro del diálogo y del despertar de la persona.