EDITORIAL NOVIEMBRE


Clara Fontana, Directora Académica del Colegio, reflexiona sobre cómo educar hoy.

El pasado viernes 20 de octubre tuvo lugar en el colegio un encuentro con Franco Nembrini, nuestro gran amigo. Volvió a ser un soplo de aire fresco, que nos hizo salir de nuevo con energías renovadas, con ganas de volver a empezar las veces que sea necesario. Solo por esto ya merecía la pena ir.

Pero, además, quería compartir con vosotros lo que está siendo objeto de reflexión entre nosotros en los últimos tiempos y que le preguntamos a Franco el otro día. Os recomiendo ver su intervención para ahondar en ello. Al comienzo de curso nos preguntábamos cuáles son los rasgos que definen la sociedad en la que vivimos y uno de los que detectamos como más llamativos es la pérdida de certeza respecto a la realidad. Nuestros jóvenes (y nosotros, no nos engañemos) viven en un mundo cada vez más virtual, cada vez más rápido e inconsistente, algunos hablan de una sociedad “líquida”. Y quizás sea oportuno preguntarnos si nosotros participamos también de ese alejamiento de la realidad.

Vivimos muchas cosas, muy deprisa, pero tenemos déficit de experiencia porque nada nos toca, nada deja huella, enseguida pasamos página y vamos a lo siguiente. Vivimos instalados en el cambio, en la opinión inconsistente, en la auto-referencialidad. Tal vez todo lo que estamos viviendo estos días en nuestro país con respecto a Cataluña pueda ser paradigmático para entender lo que digo.

En cuanto a nuestros hijos, lo podemos ver en cómo tratamos de evitarles sufrimientos o dificultades; en cómo nos duelen sus errores, como si fueran un juicio sobre nuestro ser padres o una mancha imborrable en sus vidas, en vez de ser una ocasión para el perdón y para dar un paso; en cómo tantas veces en la adolescencia desaparece el diálogo y la comunicación y no dejamos espacio a las preguntas, esas benditas preguntas que todos tenemos y que nos guían tantas veces a buscar la verdad, tan denostada por el relativismo reinante.

El resultado es que de la realidad solo nos llegan impresiones, pero no evidencias. ¿Cómo educar en la experiencia, en la relación con la realidad, también cuando ésta duele o no es como pensábamos?

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Solo podemos educar en esta apertura a la realidad si, como dice Franco en su intervención, tenemos una percepción positiva de la realidad y de nosotros mismos. Es decir, si partimos de una hipótesis positiva, de la existencia de un significado, aunque este sea tantas veces misterioso e incomprensible. Sin esta percepción positiva de la vida, vivimos tratando de defendernos de ella – por cierto, inútilmente, porque la vida siempre nos hiere – y eso es lo que les enseñamos a nuestros hijos. Sin buscar un sentido se bloquea el diálogo apasionante con las cosas que se llama conocimiento y experiencia. Pegarnos a los hechos y no a nuestras ideas es un ejercicio que todos podemos y debemos hacer para que no prevalezca nuestra idea o nuestra impresión de las cosas frente a las cosas mismas. Y, por otra parte, si nuestros hijos no perciben en nuestra mirada su valor, independiente de cómo estén ellos en este momento, no tendrán una percepción positiva de sí mismos y crecerán en la inseguridad, siempre con la sensación de no estar a la altura de nuestras expectativas.