Carta de una voluntaria del BDS

Banco-de-Solidaridad-LogoMi experiencia en el Banco de Solidaridad comenzó a finales del curso pasado, cuando mi padre me comentó que una alumna suya, musulmana, del instituto en el que da clase, estaba pasando por una situación familiar muy mala. Su padre les había abandonado, dejando a su mujer a cargo de ocho hijos, de los cuales la más pequeña tenía tan solo unos meses. No solo esto, sino que, además, el padre les había dejado en una situación económica muy mala. Entonces, a mi padre y a mí se nos ocurrió llevarles una caja, dentro de la experiencia del Banco de Solidaridad. Decidí hacer yo la caja, ya que mi padre no podía por trabajo; él era quien la llevaba a la familia. Poco a poco fui entablando una relación con una de las hermanas de la familia y que tiene mi edad. Semanalmente nos escribíamos cartas y poco a poco comenzamos a conocernos mejor. No obstante, yo quería saber más de la familia a la que le hacía la caja pero por diversos motivos no era posible. Estuve esperando varios meses hasta hoy, 3 de enero de 2014, casi un año más tarde, cuando por fin les he llegado a conocer en persona.

Esta mañana, mi padre me ha despertado muy pronto diciéndome que si me iba a llevarles la caja a la familia. Yo le he respondido que pasaba de llevársela, que era muy pronto y además no me apetecía nada. En realidad no quería ir porque tenía miedo de encontrarme con su realidad y no quería salir de la “burbuja” en la que vivo. No quería enfrentarme a la situación en la que esta familia vive, no quería darme cuenta de que existen situaciones muy malas y tristes en el mundo y yo quería apartar la mirada e ignorarlo. Pero diez minutos más tarde me he levantado, pensando que si hace meses me comprometí a hacerles la caja, no sólo bastaba con hacerla, sino que tenía que hacerlo hasta el final, comprometiéndome del todo, afrontando las consecuencias. En mi opinión, esta decisión de haber ido a pasar la mañana con ellos ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en estas Navidades. En el viaje de ida iba con mucho miedo: no sabía qué me podría encontrar. Al entrar en la casa todo se ha vuelto distinto. Las condiciones en las que viven no son ni la mitad de buenas que las que nosotros vivimos: un piso antiguo, arrinconado, sin calefacción y con apenas cuatro habitaciones, un baño, un salón y una cocina. No obstante, con lo poco que tienen, nos han recibido como reyes: nos han acogido de una forma increíble. En primer lugar, estaban muy agradecidos por la comida que les llevábamos y también por nuestra presencia. Me daba cuenta de lo solos que están. Tan sólo tienen algunos familiares a los que, tal y como ellos mismos nos han reconocido, no ven casi. En esta mañana se me han presentado muchos retos. Uno de ellos ha sido mi creencia en Dios. El segundo de hijos ha estado planteándonos muchísimas preguntas acerca de nuestra religión y flipaban cuando les contábamos cosas como que en la Consagración, durante la Misa, Dios se nos da bajo la forma del pan y del vino para que podamos tomarle. O el Misterio de la Santísima Trinidad: no se explicaban cómo Dios podía hacerse hombre y morir para salvarnos. En muchas preguntas relacionadas con estos temas me sentía cuestionada. Al tener que responderles era consciente de todo lo que ha hecho Dios por nosotros y que, debido a que estamos tan acostumbrados no valoramos suficientemente. Al explicárselo me daba cuenta de lo fuerte que es que Dios mande a su Hijo para que nos salve y le maten por amor a nosotros. Por otro lado, su curiosidad me ha hecho hacerme preguntas a mí misma.

También nos han preparado un almuerzo riquísimo. Me ha sorprendido que con el poco dinero que tienen y la falta de comida, nos hayan recibido como al rey, lo que me hace darme cuenta de lo agradecidos que son. En cambio yo, teniendo mucho más que ellos, a veces no lo valoro tanto ni soy la mitad de agradecida que ellos.

Finalmente, cuando era la hora de irse, nos han insistido en que nos quedásemos a comer y estar un rato más con ellos. Pero lo más curioso ha sido que la que más ganas tenía de quedarse era yo, la que en un principio pasaba de ir a pasar la mañana con ellos. Al despedirnos estaban súper contentos, y más que por la comida, por nuestra compañía. A la vuelta pensaba que había sido un regalazo haber podido compartir con ellos la mañana. Y salía de su casa llena, con fuerzas de afrontar la vuelta al cole, etc. Además de haber vuelto contenta y llena, he vuelto con un regalo: su amistad. Por ello, la próxima visita no será muy tarde, si Dios quiere.

Al llegar a casa, hablando con mis padres, ellos me decían que, en estos casos, tenemos que pensar cómo actuaría Jesús con ellos, y que si Él se relacionaba con leprosos, por qué no hacerlo nosotros con esta familia, ya que en el fondo, como decía Jesús, en los pobres, está Él.

En esto veo lo increíble del Banco de Solidaridad: aprender a acoger a personas que necesitan ayuda, sean de la raza que sean, provengan de donde provengan o profesen la religión que profesen. Y eso porque todos necesitamos ayuda y la ayuda que nosotros podemos ofrecerles es la que Dios nos ha dado: a los pobres, a los enfermos y a los que nadie quería.

                                                                                                         Magdalena Carrascosa Vázquez

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