Cuaresma 26. Homilía de Marco Aleo

Cuaresma 26. Homilía de Marco Aleo

La Cuaresma es un tiempo erótico, heroico y épico.

En efecto: el protagonista de este tiempo es el eros de Dios, su pasión, su sed de relación con cada uno de nosotros.

Todo esto no es nada obvio, si es verdad que tantas veces lo que prima al mirar la Cuaresma es nuestro propósito noble de mejoría, a menudo culposo y algo narcisista, normalmente de breve duración: «Mi cuaresma, una vez más, ha sido un desastre», me decía un amigo el año pasado [desastre: sin estrellas; deseo: nostalgia de las estrellas].

Papa Benedicto XVI explicaba que «en la cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros. Efectivamente, eros es la fuerza «que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman». ¿Qué mayor «eros loco» que el que impulsó al Hijo de Dios a unirse a nosotros hasta el punto de sufrir las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propias?».

Abrirnos al contrataque del eros de Dios es la gran posibilidad de salir de agonía del eros en que nos hallamos: la de vivir saciados, como si nuestros logros y proyectos, el cumplir con nuestro deber, ir bien en el colegio… fuera suficiente.

El contrataque del eros de Dios quiere volver a dilatar el corazón, nuestro deseo —entonces este tiempo no será un desastre. Lo hemos escuchado en la lectura del profeta Joel: «Volved a mí con todo el corazón». Y en el salmo del Aleluya «No endurezcáis hoy vuestro corazón; escuchad la voz del Señor» (94, 7).

Las prácticas que la Iglesia nos indica —el ayuno, la caridad y la oración— no son nuestras máquinas de guerra para expugnar la fortaleza cerrada de Dios, o para merecérnoslo.

En cambio, son caminos para purificar el corazón, hacer espacio y exponernos a la iniciativa de este Amante que quiere habitar en nosotros, para que vivamos como hijos.  Ésta es, ante todo, la conversión.

El ayuno. Cuánto me puede enseñar que soy frágil y necesitado de la presencia de Cristo, quien de verdad cumple mi deseo. Se trata, ante todo, del ayuno de la comida, claro. Y también el ayuno de lo que me hace vivir excéntricamente, fuera de mi centro, distraído. Lo contrario del ayunar, en efecto, es devorar, como escribe Byung-Chul Han: «Queremos comerlo todo, consumirlo todo, en lugar de mirarlo. La percepción voraz no requiere atención alguna. Se traga cuanto se le ofrezca. Solo el alma que ayuna puede mirar, contemplar» (Sobre Dios, p.14).

Sí, el ayuno lleva a la mendicidad, a mirar, escuchar, contemplar.

El otro camino es la caridad: identificarnos con la pasión con la cual el Señor mira y trata a cada uno. La Madre Teresa ha vivido toda su vida como respuesta a la sed de Jesús —el eros del que hablamos— que la llamaba en los más pobres de los pobres. Que Jesús tenga sed de mí, explicaba la Madre, es mucho más que el hecho que me ame. Significa que, amándome, necesita, aguarda por mi respuesta de amor.

Por eso hemos dicho que la Cuaresma es el tiempo del héroe. Platón, equivocándose felizmente, conectaba el origen de la palabra héroe al eros. El héroe no es a-patico (sin eros), porque la llamada del Amante divino le da coraje, es decir le despierta el corazón, de entrar como protagonista en la realidad. Entonces, como decía JPII, lo cotidiano se hace heroico.

El héroe no es entonces el hombre perfecto, sino alguien que, con toda su humanidad, fragilidad incluida, responde a la llamada, a la sed que Cristo tiene de él.     

Delante del despertador: heme aquí.

Delante de un día de trabajo o de clase: heme aquí. 

Delante de la página que estudiar o de la clase que preparar: heme aquí.

¡La llamada! No se trata de que tengamos que inflar los «músculos interiores», ni de estar a la altura. Se trata de una respuesta de amor.

El año pasado, celebrando el 25 de marzo la fiesta de la Anunciación a María en el corazón de la Cuaresma, caí más en la cuenta de que la verdadera penitencia es vivir la vida como una gran anunciación

Yo puedo tener mi plan de perfeccionamiento, pero traiciono el sentido verdadero de la penitencia si no reconozco y respondo en el presente a Su anunciación, que ante todo tiene el rostro próximo, proximísimo de mis hermanos de comunidad, es decir de tu mujer y tu marido…

Frente a la cosa bonita que me ha pasado: heme aquí. ¿Qué quieres de mí?

Delante de esta enfermedad: heme aquí. ¿Qué quieres de mí?

A esta persona simpática: heme aquí. 

A este tocanarices (¡alumno o profe!): heme aquí. 

A mi estado de ánimo: heme aquí.

Ahora bien, cuando la circunstancia a través de la cual pasa «la anunciación» es más incómoda, es cuando Él está más expuesto a mi «heme aquí». Y, a la vez, el punto concreto donde me espera y a través del que me llama, se vuelve sagrado, lugar del diálogo con Él. Entonces, lo que podría dar pie a una queja, se vuelve tarea.

Este es el corazón épico que pedimos en este tiempo, porque el corazón épico es el que dice que sí, que responde heme aquí, como la Virgen. El corazón épico no hace necesariamente cosas grandes, sino que hace grande lo que hace [justamente como la Virgen].

Para aprender esta posición de la Virgen, otro camino que la Iglesia nos recomienda en este tiempo es la oración.

¿Y si redescubriéramos que los gestos de oración, en particular la Misa, son los lugares privilegiados donde la mirada conmovida de Cristo, su pasión sin confines, nos encuentra?

De esta manera, ¿no serían a la vez lugares donde nos dejamos devolver nuestro verdadero rostro y el de toda persona que nos es confiada?

En este sentido, permitidme mencionar el capítulo 21… no del Evangelio, sino de El principito, donde se muestra que el «rito» es todo lo contrario de una repetición monótona y obvia. No puedo citar ahora el bellísimo diálogo entre el Principito y el Zorro, sino solo señalar que ahí se muestra que el rito —la oración, justamente— no es algo que se «hace», sino el momento en que se recibe la visita de Otro.

Lo fundamental es la posición del corazón, que se dispone para hospedar al amigo. Porque el rito está lleno de la esperada presencia del Amigo que anhela obsequiarse a sí mismo, con el cual entrar en comunión para mirarlo todo desde la sobreabundancia que él regala.

Ahora bien, en la Misa Cristo, el eros de Dios en persona, anhela encontrar nuestro corazón; el Amante busca ser uno con el amado.

Dios se nos ofrece todo para que nosotros también podamos ofrecernos plenamente a Él, y juntos podamos donarnos al mundo.

Esto sí es épico.

 

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