El jueves 17 de septiembre, en clase de Lengua, los alumnos de 2.º de ESO buscaban el origen de algunas palabras: biología, filosofía, anónimo, antropónimo… De repente, uno de ellos propuso «filántropo». Al separar sus partes, descubrieron su significado:
filántropo, pa (del gr. phílos, ‘amor’, y ánthrōpos, ‘ser humano’)
Persona que se distingue por el amor a sus semejantes y por sus obras en bien de la comunidad.
Otro alumno recordó que su tutor les había hablado de un hombre que respondía exactamente a esa definición. Y toda la clase intentó pronunciar el mismo apellido: Ahongbonon. Hablaba de Grégoire Ahongbonon, fundador de la Asociación San Camilo, que rescata a enfermos mentales encadenados en África.
«Hemos ido de la raíz de las palabras a la raíz de la humanidad»
— Eva Sánchez Bardera, profesora de Lengua
Eva había escuchado a Grégoire en el colegio hace años, y su testimonio la había marcado. «Oír de nuevo su nombre en boca de estos chicos despiertos e interesados por todo me suscitó un deseo enorme de que ellos también le conocieran», cuenta.
Lo habló en el desayuno con el tutor, y otra profesora conocía a alguien que podía intentarlo. Parecía imposible: Grégoire volvía a África el domingo y, en sus viajes a Europa, casi nunca tiene un hueco libre. Esa misma noche llegó la respuesta: sí.
El viernes 18 por la mañana era su único rato libre, sus «vacaciones». Pero, como explica Eva, «cuando va de viaje no quiere perder ni un minuto en algo que no sea hablar de sus enfermos a todos». Él mismo lo dijo nada más coger el micrófono: «Yo no quería vacaciones. Dios no quiso que tuviera vacaciones. Estoy muy feliz, muy lleno».


La historia de Grégoire Ahongbonon: «Yo también he sido como ellos»
Grégoire no es médico, ni sacerdote, ni ha pasado por la universidad. Se presenta como «un pequeño reparador de neumáticos». Nació en Benín, vive en Costa de Marfil, está casado y tiene seis hijos. Y no se considera un héroe: «Yo vivo algo que me sobrepasa. Yo también he sido como ellos».
Llegó a Costa de Marfil en 1971 y le fue tan bien que llegó a tener cuatro taxis. Y se olvidó de Dios: «Ante el éxito y el dinero, lo abandoné». Luego sus coches empezaron a sufrir accidentes, uno tras otro; lo perdió todo, cayó en una depresión y estuvo a punto de quitarse la vida. Le salvó un sacerdote misionero que le escuchó y le pagó una peregrinación a Jerusalén, donde se preguntó cuál era «la piedra» que él debía poner en la Iglesia.
Con su mujer empezó a visitar a los enfermos abandonados en los hospitales, los presos, los niños de la calle. Hasta que un día de 1990 se paró delante de un hombre desnudo que rebuscaba comida en la basura.
«Yo pasaba delante de ellos sin mirarles, como todo el mundo.
Ese día, por primera vez, le miré»— Grégoire Ahongbonon
Esa noche empezó a recorrer las calles para saber dónde dormían. Su mujer se puso a cocinar. Compraron un congelador para llevarles agua fresca. Así, sin plan ninguno, nació la Asociación San Camilo.


Siete años con una cadena al cuello
El silencio más largo de la mañana llegó cuando Grégoire levantó la cadena. La llevaba al cuello un chico al que encontraron encerrado en un almacén, desnudo; el hierro atravesaba un agujero de la pared y estaba atado a un árbol del patio. Llevaba así siete años. Hoy produce aceite de palma en su pueblo, está casado y tiene cuatro hijos.
«¿Qué crimen ha podido cometer un enfermo mental para merecer esto? Eran jóvenes como vosotros»
— Grégoire Ahongbonon
Nos habló también de una mujer que pasó 36 años con un brazo bloqueado en un cepo de madera, o de una investigadora que había trabajado en Chicago y a la que encontraron en la calle. «Nadie es diferente de los que tienen la enfermedad mental», repitió varias veces.
14 centros en cinco países de África
Costa de Marfil
Benín
Togo
Burkina Faso
Chad
Solo en Dassa (Benín) viven más de 350 enfermos. Los centros los llevan los propios enfermos, ya recuperados.
Lo que nos pidió Grégoire
No fue dinero lo que nos pidió: «Espero que cuando salgáis de aquí esta mañana no os olvidéis de ellos. Podéis estar felices de haber nacido en Europa. Nadie elige el lugar de su nacimiento».

En el turno de preguntas, una alumna planteó lo que todos pensábamos: «¿Cómo podemos ayudar?». La asociación no recibe subvenciones y vive, en sus palabras, «solo de la Providencia». Aun así, Grégoire no empezó por la ayuda económica:
«Lo primero que os pido es rezar, seáis cristianos o no.
Con una pequeña oración, allí donde estéis, estáis desencadenando a enfermos»— Grégoire Ahongbonon

Antes de despedirle, el director dejó a los alumnos una pregunta para el patio: qué hacer con lo que acababan de oír. Se puede cubrir «con una capa de indiferencia» en cuanto suene el timbre, o se puede mantener vivo en las conversaciones con los compañeros y en casa.
Al terminar, no quiso irse sin saludar a nadie. Como cuenta Eva, «con gesto pausado ofreció su mano y su mirada penetrante a todos». Y lo resume así: «Bastaba verle mirarnos con los ojos vidriosos, conmovido con nuestra atención, agradecido por nuestra presencia, para saber que en su sencillez ha descubierto el verdadero sentido de la humanidad, que posiblemente tiene que ver más con la caridad que con la filantropía».

Vídeo: Grégoire Ahongbonon en el Colegio Kolbe
Un poema para Grégoire Ahongbonon
Y hubo un momento que no estaba en el guion. El profesor Javier Spínola había escrito un poema para Grégoire y lo leyó en voz alta, ante él y ante todos los alumnos. Habla un enfermo que, ya desde el Cielo, da las gracias a Grégoire por haberle quitado las cadenas.
Gracias
Gracias a Eva Sánchez Bardera y a Javier Spínola, que lo organizaron todo en tiempo récord. Gracias a la traductora, que nos prestó su voz toda la mañana. Y gracias, sobre todo, a Grégoire, por regalarnos una mañana de sus vacaciones y por dejarnos algo más difícil de olvidar que una charla: una cadena.
Conoce la asociación
La Asociación San Camilo nació en Costa de Marfil en 1990 de la mano de Grégoire Ahongbonon. Rescata, cura y acompaña a enfermos mentales abandonados o encadenados, y tiene centros en Costa de Marfil, Benín, Togo, Burkina Faso y Chad, atendidos en buena parte por antiguos enfermos.

