Noviembre: calma

La tierra que se nos da Una invitación a mirar la Tierra como un regalo

Noviembre: calma

Noviembre pide cambiar el ritmo. El roble se desnuda sin prisa, una hoja y luego otra, y así compone su otoño. En la orilla de la laguna una garza blanca parece no hacer nada, y toda ella es espera. Ravel levanta su Bolero como se levanta una catedral, piedra a piedra; un fraile poeta se fija en lo que busca la abeja, y Sebastião Salgado, después de haber contemplado el horror, planta una selva árbol a árbol antes de volver a mirar el mundo como el primer día. Seis maneras de mirar la tierra que se nos da. Y, para los niños, cinco músicas para amansar la prisa y un libro para leer con calma.

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Cambiar el ritmo

Noviembre tiñe los montes de ocres y deja los árboles medio desnudos, como dormidos. Para cuidar hay que observar los cambios de ritmo del otro, incluso cuando el otro es un árbol. Y quizá, de paso, escucharnos un poco a nosotros mismos.

Por Clara MaestreNoviembre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Pintura de Levitán: abedules dorados junto a un río tranquilo bajo un cielo azul de otoño
Isaak Levitán, Otoño dorado (1895). Galería Tretiakov, Moscú. Dominio público.

Noviembre pide cambiar el ritmo. Nos regala una metamorfosis en la tierra que no escapa a los ojos de nadie, o no debería. Hay días que, a los madrugadores, nos obsequia con amaneceres lentos, casi frágiles, espolvoreando la tierra con una neblina húmeda y fría que tiñe todo de blanco crudo y que va colando despacio las sombras alargadas mientras las primeras luces aparecen desde el Este. Siempre me ha fascinado el cambio de coloración de los meses de otoño, los cielos de acuarela, los sorprendentes ocres, verde oscuros, marrones o rojizos, que van matizando montes, bosques y prados. El cambio de tonalidades y de los perfiles en los bosques, de frondosos a medio desnudos, nos hace entender que nada permanece estático. Decía el maestro Lao Tsé que la realidad no es rígida, sino fluida, por lo que debemos aprender a valorar los cambios y, conscientemente, cambiar con ellos.

Los árboles comenzaron a perder sus hojas hace semanas, hendidos con grietas del tiempo que no pasa en vano, pero resilientes, eso sí; con las temperaturas más bajas y los días más cortos reducen su crecimiento y su actividad metabólica. Las yemas quedan protegidas por escamas, el árbol empieza a parecer dormido. Aquellos de hoja perenne, pinos, enebros, encinas, conservan sus hojas como diciendo “aquí estoy yo” casi orgullosos y vehementes, frente al roble, el fresno, el haya o el arce, que parecen decirnos “este es mi regalo de despedida hasta la siguiente primavera”, y emulan un adiós tímido pero bellísimo… ¿Quién no ha querido ponerse a pintar todos esos tonos del arce? ¿Pintamos?

Indudablemente es tiempo de frío, de resguardo, de admirar las alboradas y ocasos de esta tierra que se nos da y que tenemos el honor de cuidar. Sé de buena tinta que para cuidar es preciso observar los cambios de ritmo del otro y respetarlos, incluso cuando el otro es un árbol. La palabra cuidar deriva del verbo latino cogitare, es decir, pensar, reflexionar, prestar atención plena. Cuidar no es imponer un ritmo regular, sino todo lo contrario, es ser flexible, saber detectar los cambios, mirar con curiosidad y acompañar. Por eso, la tierra nos pide que la “acompañemos” en su metamorfosis. Nada más, y nada menos. Velar. Hacerlo incluso de manera invisible, permitiendo que crezca la hierba por doquier tras las lluvias intensas, pues nunca hay mala hierba, toda ella es rica para el suelo. Consintiendo que las hojas marchitas se acumulen en valles y senderos para dar cobijo a hongos y bacterias, tan vitales. ¿Sabemos apreciar lo pequeño, lo invisible, con todo su valor?

Cuidar es no obstinarse en un resultado sino acoger y proteger las transiciones.

Hablando de cuidar, ¿habéis abrazado a un árbol alguna vez? ¡Seguro que sí! A mí me encanta y… Si queréis saber la verdad, a ellos, a los árboles, también les gusta recibir abrazos. Parecen agradecer la caricia de otro ser vivo, el calor, el trato con suavidad. Hace poco tuve el honor —y digo bien— el honor de abrazar un descomunal y centenario magnolio cercano a la costa mediterránea. Me envolvía tanto con sus raíces robustas que me sentía engullir por él, y a la vez, le agradecía el hecho de seguir erguido tras tantas generaciones, mientras él parecía decirme entre murmullos, como un abuelo experimentado, “este paisaje nuestro es un tesoro, venéralo, cuídalo”.

En su Loa a la Tierra, el filósofo Byung-Chul Han denuncia que hemos perdido por completo la veneración a la tierra y hemos dejado de verla y de oírla. Sin embargo, “respetar exige alabar” en sus palabras. Hay que tratar cuidadosamente lo bello; por consiguiente, el arte de cuidar nos hace responsables de observar con paciencia, con amabilidad, con aceptación, y ponernos en disposición de proteger con generosidad. Saber escuchar también es habitar, y habitar es encontrar paz.

La marmota, el gran oso, el roble, la abeja, todos mecen su ritmo a otro compás con el sobrevenir de las estaciones. Mudan, se recogen, hibernan, cambian sus hábitos, se preparan. Nosotros mismos cambiamos el ritmo con la llegada del invierno. El otoño, grisáceo y nebuloso, trae menos luz, más frío, más humedad… ese cambio de luz actúa en nosotros como una señal para nuestro sueño y nuestras funciones metabólicas; sin embargo, ¿alguien se había percatado? ¿O vivimos tan tozudamente sumergidos en la aceleración de nuestros relojes de pared que ni nos percatamos de nuestro reloj interno ni nos escuchamos? Quizá logremos vernos mejor si entendemos que somos siempre vinculados al entorno. Que necesitamos permitirnos un tiempo de barbecho, de sosiego y silencio para albergar lo que viene.

Ciertamente, somos todos seres circadianos, lo que quiere decir que estamos sincronizados con esa luz solar, ¿y no es menos cierto que aquel de nosotros que lleva mucho sin ver la luz del sol, acaba bastante mustio? Esa luz nos nutre, en un juego de equilibrios con la oscuridad de las noches, en un baile de claroscuros y temperaturas, tan necesario como revitalizante. En estos días otoñales, los musgos y líquenes recuperan un verdor intenso en la umbría y los hongos van saliendo hacia la luz; la lenta descomposición anterior, la paciencia de la tierra, el tiempo regalado de una espera serena, ha permitido que ellos encuentren su lugar y, cómo no, su función. Entonces vemos que todo cobra sentido si ponemos atención plena.

Así las cosas, el cambio de ritmo no solo se impone en esta época de frío, lluvia y de ganas de refugio. La quietud es necesaria para la tierra. Podríamos, amablemente, acompasarnos a su latido. Descubrir aquello que crece en silencio, recorrer un bosque sin hacer ruido ni dejar huella, susurrar a los árboles, sonreír a la ardilla y observar su meticulosidad, fisgonear al arrendajo y aprender de su atención al detalle. El arrendajo no actúa de inmediato, observa primero. Sabe esperar. Busca bellotas, por cortesía de las encinas, y las entierra en diversos escondites que memorizará después con sabia filosofía. Podríamos empatizar con el castor que se prepara para tiempos difíciles con perseverancia, o adivinar lo que busca la abeja y que nos había parecido insignificante, pero es, en verdad, esencial.

Comprender aquello que permanece en nosotros tras experimentar con sosiego estos momentos puede ser un gran avance. Reconocer lo bello en la umbría, en lo invisible (lo que esconde la tierra bajo su manto de hojas y sus raíces, los microorganismos que dan vida o la savia que no vemos). Confiar en aquello que no vemos, pero es y está.

Se impone entonces la quietud para una atención plena. Y en eso estamos, amigos, en aprender a cambiar el ritmo; en saborear y elogiar la lentitud, en aprender a escuchar y a escucharnos, y tener el corazón abierto al presente, a lo que llega; como ahora, al Adviento.

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El Bolero de Ravel

Una misma melodía, un ritmo de caja que no cambia, tres notas de contrabajo una y otra vez. Parece que no sucede nada. Y, sin embargo, compás a compás, como una catedral piedra a piedra, la música va creciendo.

Por Marta FrancoNoviembre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Cuatro imágenes de un mismo camino de bosque: en primavera, en verano, en otoño y nevado en invierno
Un camino de bosque en las cuatro estaciones.

Hoy escribo frente al paisaje gris tras mi ventana, con las gotas de lluvia cayendo sobre los cristales y la visión de los árboles meciéndose con el viento; sin embargo, hace tan solo dos días, el sol lucía brillante en lo alto del cielo y a media tarde teníamos 28 grados de temperatura. Es lo que tiene el otoño, que a veces parece que no va a llegar, oculto tras el verano que cada vez se resiste más a marcharse; pero llega, implacable, cada año.

Reconozco que me cuesta acostumbrarme a su entrada: los días más cortos, el frío, el gris plomizo del cielo… Por eso me agarro con fuerza al recuerdo de los últimos días de verano, como si eso pudiera frenar el ciclo natural de las estaciones.

Permanece en mi retina la imagen de la última tarde que pasé tumbada al sol, mirando al cielo y escuchando música. Al verme, mi hijo pequeño se echó a mi lado y allí permanecimos durante al menos veinte minutos, con la mirada perdida en las nubes, el azul del cielo y las estelas de los aviones a lo lejos, sin más.

Al entrar de nuevo a casa me dijo: “Qué bien lo hemos pasado, ¿verdad, mamá?” Y yo, por un segundo, casi dejo salir de mi boca las palabras “pero si no hemos hecho nada”. Afortunadamente, me di cuenta a tiempo de la pequeñez de mi comentario al lado del suyo, fruto de una mirada que llega mucho más allá que la mía y asentí en silencio, paladeando sus palabras de nuevo “Qué bien lo hemos pasado”. Porque nos habíamos parado a observar lo que nos rodeaba, a escuchar lo que sucedía, juntos uno al lado del otro, y eso, es mucho. Es tanto que ahora es el recuerdo al que me aferro, como promesa de los nuevos momentos que están por venir y que podré atesorar si estoy atenta, si los espero.

A mí me gustaría que el otoño y el invierno pasaran veloces, como a cámara rápida, una breve y apenas perceptible sucesión de días fríos y que, por arte de magia, ¡tachán!, volviese la primavera con su luz, su calor, las flores… Pero las cosas importantes y bellas necesitan tiempo, paciencia y calma. Como la construcción de una gran catedral. Día tras día, piedra a piedra. Con pequeños trabajos que pasan desapercibidos, pero sin los cuales su finalización sería imposible.

El Bolero de Ravel es como una catedral en construcción, como la primavera fraguándose lenta entre las hojas caídas y la savia adormecida en los árboles. Parece que no sucede nada, o sucede todo el rato lo mismo: una única melodía dividida en dos partes que se alternan durante toda la pieza y un patrón rítmico inconfundible tocado por la caja que se repite 166 veces de principio a fin de la obra.

Partitura del Bolero de Ravel para caja: el mismo ritmo repetido compás tras compás
Parte de caja del Bolero (transcripción para ensamble de percusión de Efraín Morocho J., ©Carisma Producciones, 2014).

La partitura del percusionista, encargado de repetir semejante ostinato rítmico, podría considerarse a simple vista fácil, simple y aburrida. Es, por el contrario, de una gran dificultad técnica ya que requiere un nivel de concentración y precisión rítmica extremo, pues es sobre este pequeño instrumento sobre el que recae todo el peso del tempo, cimiento sobre el que se construirá toda la pieza.

Lo mismo pasa con la parte de los contrabajos, apenas tres notas encargadas de marcar el compás de tres por cuatro y que se tocan en pizzicato durante 18 repeticiones, con un único cambio: la última repetición se toca con arco.

Recuerdo tocarla con la Orquesta de RTVE en el Auditorio de Madrid y pensar que era una obra que se había hecho famosa de manera inmerecida. Nunca me he caracterizado por saber disfrutar de las cosas que requieren paciencia, y tocar únicamente tres notas una y otra vez me parecía el colmo del aburrimiento. Pero llegó el día del concierto y ahí, en el directo, descubrí que precisamente la belleza de esta pieza residía en su contención y en esa construcción lenta y tozuda basada en la repetición.

La melodía no cambia y el acompañamiento rítmico y melódico permanece impasible durante sus 339 compases, como el latido de un corazón. Y, sin embargo, poco a poco, casi sin darte cuenta, con la aparición de cada nuevo instrumento encargado de tocar la melodía, la catedral, la música, va tomando forma y va creciendo y creciendo, y creciendo, en un crescendo que parece eterno y que va del pianissimo inicial (a cargo de la caja y la flauta solista) al fortississimo del final (con la orquesta al completo). Pareciera que ningún instrumento pretende imponerse al anterior, le basta con escucharlo y esperar su momento para añadir su parte, sin que ninguno de ellos pueda arrogarse la totalidad del mérito de la grandeza de esta obra que, a su vez, solo es posible con la paciente incorporación de cuánto va construyendo la pieza.

Y tras la lenta cocción, compás a compás, llega la última repetición y, en ella, una novedad, una modulación, un cambio de tono de apenas ocho compases exento de cualquier complejidad; sencillo, simple y, pese a todo, impactante. Pero la fuerza de este momento culmen al final de la obra no reside en esos ocho compases, sino en todas las repeticiones anteriores, que a fuerza de producirse van construyendo los cimientos necesarios para que se alce la catedral.

El Bolero requiere calma y paciencia para poder apreciarlo.

Al igual que la primavera no comienza con la primera flor, sino mucho antes: en cada hoja caída, en cada resto devuelto al suelo, en cada una de esas pequeñas renuncias repetidas…

El Bolero, ya desde sus primeros compases, lleva dentro la obra entera.

Solo hay que esperar para verlo florecer.

Porque en esa espera, en la que parece no estar sucediendo nada, es en la que está sucediendo todo.

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Un director de orquesta dirige a los violines en una sala de conciertos llena de público

Maurice Ravel · Bolero · Ver en YouTube

La quietud de la garza

Uno madruga y se empapa los pies en el rocío para ver a una garza que no hace nada. O eso parece, porque toda ella es espera. Pasa un rato, luego otro, y uno acaba preguntándose quién de los dos es el que está ocioso.

Por Manuel FolgadoNoviembre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Una garceta grande, blanca, inmóvil en el agua entre ramas secas, con su reflejo debajo
Garceta grande. Río Alberche.

“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios”

Salmo 46:10

Hay en la laguna una hora en la que la luz comienza a desperezarse sobre los juncos y a desteñir la negrura. Menos mal que está el día, que existe la luz del despertar. El agua está tendida bajo la neblina, gris y lisa. Apenas se mueve alguna espadaña y cuando lo hace es como un rumor sencillo, casi avergonzado que desaparece enseguida entre los carrizos.

Uno camina despacio como si no quisiera espantar lo que todavía no ha visto. Con los pasos se acerca la laguna entre la hierba mojada y las retamas. Los pastos están cubiertos de gotas pequeñas. Cada brizna de hierba lleva una como si durante la noche el cielo hubiera bajado a dejarle a cada una la suya.

Entonces cierras los ojos y sientes el rocío subiéndote por los tobillos. El agua se mete entre los dedos con un frío limpio de ese que no hace daño, sino que espabila.

Al poco de andar los pies se quedan empapados y helados, pero ese frío tiene algo de bautismo y es bueno sentirlo. Tiene el valor de dejar al paisaje entrar en el cuerpo, de reparar en la presencia del rocío, en los líquenes de un tapial en el prado, en el modo en que la luz cambia sobre el agua. Es necesario este frío.

Allí está la garza, la veo en el sitio de siempre. Busco un lugar apartado para no molestar. Un sitio donde la belleza del mundo se deje mirar que es para lo que uno ha madrugado esta mañana. Incluso al verla llego a pensar que está ahí para mí. Esperándome.

Caminando sobre la tierra siempre se espera encontrar algo: una pluma azul de arrendajo, un bando de perdices levantarse en un rastrojo, escuchar el canto de la totovía o mejor aún; cruzarse con la conversación del pastor que anda todavía por estos caminos mientras se escuchan los trajines del pueblo a lo lejos o el tañido de bronce en la torre de la iglesia marcando la hora. Todo hace falta.

Porque nada sobra. Todo ocupa el lugar que Dios o la costumbre de los siglos le ha dado. Lo malo es cuando algo falta. Lo peor es cuando no nos damos cuenta. Lo peligroso es cuando sí nos damos cuenta, pero nos giramos hacia la indiferencia y renegamos de lo que vemos con nuestros propios ojos.

La batalla más dura es la lucha contra la insensibilidad.

Quien ignora puede aprender, pero quien ha dejado de sentir camina junto a las cosas sin verlas. Pisa la tierra sin saber lo que pisa, coge lo que necesita y lo que no. Agotando la frágil herencia de los que todavía no han nacido. Actuando sin saber que todo tiene su lugar, quizás porque hayamos perdido la paciencia para sentirlo y entenderlo.

Pero esta mañana toca la garza. A lo que vamos. La garza está delante y no sobra. A la laguna le hace falta la garza y a uno también.

La garza está quieta. Aparenta indolencia porque parece no esperar nada, sin embargo toda ella es espera.

Se yergue blanca en la orilla. Preciosa, con el cuello recogido, tenso y el pico apuntando hacia el agua. Está tan quieta que parece una de esas estatuas de jardín. No hay en su silueta impaciencia ni desesperación. La garza no sufre la hora, no tiene otra ocupación que aguardar a que un pez cometa una imprudencia.

La garza espera. Entonces uno se da cuenta de que anda siempre corriendo detrás del tiempo. Siempre deprisa aun cuando miras atrás y ves que nadie te persigue. Uno come deprisa, habla deprisa, pasa de una cosa a otra con una ligereza que no es sana. Y ve relojes en todas partes y encima uno llega tarde casi siempre. Quiere el fruto sin que lo madure el calor, la respuesta antes de haber pensado bien la pregunta, el camino antes de haber contemplado siquiera el paisaje. Y no para llegar antes, sino para no tener que estarse quieto.

La garza, en cambio, no se afana. Su quietud recuerda las palabras del salmo, eso de estar “quietos” para llegar a conocer es ahora algo inconcebible.

Sabe esta blancura alada que bajo aquella superficie quieta el agua está poblada por un universo vivo: escamas que refulgen entre las algas, seres que se deslizan en una luz ambarina, vida pequeña. Nada de ello se apresura, debajo del agua la vida parece todavía más despaciosa.

Pasa un rato. Luego otro. Y otro más. Y uno se desespera, ya no sabe dónde meterse, ¿va a moverse la garza o no?

El sol va levantándose sobre los chopos y la niebla se retira poco a poco hacia las lindes de la laguna. Aparece entonces el fango oscuro de la orilla cubierto de huellas de andarríos y correlimos, las piedras húmedas cubiertas por el musgo, alguna hoja amarillenta incrustada en el barro. Un ánade cruza más allá dejando detrás una estela que pronto se deshace. La garza permanece. Ni un gesto. Y dale…

No hace nada diría quien sólo entiende de provecho y movimiento. Pero en esa supuesta nada está precisamente su oficio. En ella hay una atención completa. No está distraída. No está ociosa. Está mirando.

Y piensa uno que tal vez los hombres hayamos olvidado mirar así por culpa de las prisas. Tal vez llevamos tiempo confundiendo provecho con codicia, bien con beneficio, desarrollo con desesperación.

Para la garza mirar es permanecer hasta cuando parece que ya no sucede nada, hasta descubrir que debajo de ese aparente silencio están sucediendo cosas. Las palabras más verdaderas germinan en el silencio. La garza conoce este secreto.

De pronto, sin aviso, se alarga. “Ya era hora” piensa uno. El cuello sale disparado y el pico hiende el agua con una velocidad que parece imposible en criatura tan quieta. Apenas dura un instante. Se coloca el pez en el pico y lo engulle. Se ve como pasa el pez a través de su largo cuello. Después vuelve a su compostura, como si nada. Se ve que tiene más hambre.

Y se pone otra vez a esperar. Y aprende uno mirando a la garza que la paciencia no es una especie de resignación acomodada e ingenua, sino una forma atenta y decidida de estar en el mundo.

Las nubes tapan a ratos el sol a media mañana y la luz pone a veces sobre la laguna un color de cobre apagado y otras, cuando los rayos pasan le nace un brillo azul limpísimo. Al mismo tiempo los juncos se oscurecen y se encienden. Los chopos acortan sus sombras sobre la ribera.

Y la garza a lo suyo. Esperando como espera la garza: sin ruido, sin preguntar cuánto falta. Sabe que el pez bajo el agua sólo se acerca cuando ha aprendido a quedarse quieta.

Y aprende uno que no se puede prescindir de los chopos, ni de la garza, ni del pastor, ni de las campanadas de la torre de la iglesia, porque eso sería prescindir de uno mismo.

Con una calma aprendida y contagiado por aquella parsimonia, uno se dedica a escuchar el agua, a mirar los juncos. A esperar lo inesperado para poder reconocerlo cuando llegue.

Para saber más de la garza

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Los tiempos del roble

El roble no se desnuda de una vez. Una hoja se suelta primero, luego otra, sin prisa, y con la suma callada de todas compone su otoño. Lo que parece desperdicio es el alimento de mañana.

Por Manuel FolgadoNoviembre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Pintura de Van Gogh: cuatro árboles en un prado, tres con hojas rojizas y uno casi desnudo, bajo un cielo gris
Vincent van Gogh, Paisaje de otoño con cuatro árboles (1885). Museo Kröller-Müller, Otterlo. Dominio público.

«Este roble y yo estamos hechos de la misma cosa.»

Carl Sagan, científico y escritor

Noviembre es un tiempo de bosques que nutren la tierra de hojas, de robledales que cambian de color. Hay en el roble una manera de obrar sencilla. Se limita a dejar que las cosas pasen como tienen que pasar en cada momento. Como dice el Eclesiastés: «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora» (Eclesiastés 3,1).

En el lindero del bosque donde el camino se estrecha entre paredes de piedra se levanta el roble, recio y montaraz. Ha visto caer las lluvias de abril con su canto vertical y ha sufrido las polvaredas de agosto. En noviembre cuando el sol camina más bajo y las tardes se acortan sin remedio, el roble comienza a desnudarse.

No lo hace de una vez. No hay prisa en este desprenderse. Una hoja se suelta primero, luego otra y así hasta quedarse despojado. Pero no solo al roble le entra el otoño por las vetas de la madera, a cada árbol le entra a su hora, como a los instrumentos de Ravel en su famoso bolero, que ninguno parece saber al principio la magnitud de la música a la que contribuye y simplemente se van sumando ella cuando les corresponde.

No hay hoja por pequeña que sea que caiga en vano. El otoño no se hace con una sola rama desnuda ni con el empuje soberbio de un vendaval, sino con la suma callada de millones de aportaciones, como la vida. Cada hoja ocupa su lugar en la alfombra ocre que va cubriendo la tierra y así el roble compone su otoño. Como en la música de Ravel, cada repetición, cada incorporación de instrumento hace crecer el sonido. En cambio, en la tierra cada hoja caída hace crecer el silencio. La música del otoño es el silencio.

También las grandes obras de los hombres se levantan de semejante manera y con las pequeñas faenas de cada día: el surco abierto antes de la siembra, la palabra cumplida o el pan partido en la mesa. Hay quien desprecia tales menudencias, como si el mundo solo pudiera sostenerse a fuerza de hazañas y crecimiento ilimitado. La tierra no desprecia las hojas que caen como simples desechos, se nutre y se construye a partir de ellas, de las mismas hojas que dieron aliento al aire.

El roble no pretende retener lo que ha de perder. Sabe, si es que a los árboles les cabe saber, que ha llegado la hora de recogerse, de guardar la savia y de soportar con paciencia la desnudez.

La savia se detiene, se refugia y hace remembranza callada en las entrañas de la madera. Guardando la clorofila, ese milagro que hace posible la vida en nuestro planeta. No habría nada sin ese compuesto verde que capta la energía del sol y la pone a disposición de la creación entera. Ahí empieza todo, en una hoja verde, lo hemos olvidado. Por eso cada árbol cuenta y mucho en este mundo que hemos llenado de fuego y de estruendos acelerados.

En otoño el roble queda como durmiendo, esperando porque toca saber esperar. Esperando en el ocre a la nieve, a la luz mortecina de la inviernas, esperando en el silencio de la clorofila, en el desamparo que nace del frío. Y aun así, todo ello envuelto en una terrible belleza, la de esta estación de hojas caídas.

El viejo roble, nota el frío, conoce lo que viene. Hay que parar y descansar porque los recursos desaparecen durante un tiempo. Sabe que seguir viviendo como si el verano estuviera siempre, esa costumbre tan de ahora en la especie sapiens, sería la más estúpida de las muertes, un monumento al sin sentido.

Los hombres necesitamos la entereza callada del roble en noviembre y la fe que nos mantiene cuando el otoño nos deja desnudos, cuando parece que no queda nada. En ese tránsito entre la plenitud y el silencio, justo ahora en el tiempo de la festividad de Todos los Santos, existe un significado mayor.

Necesitamos saber que lo que le pasa a la tierra también nos acontece a los que vivimos sobre ella, confiar en la oscuridad como el umbral de la esperanza.

Hay que mirar y sentir. Sentir el frío es sentir la evidencia. Qué simple, qué coherente y qué necesario. Los sentidos deben seguir siendo los vigilantes de la realidad para poder acordarse del mundo, para poder ver sus huellas y que no se nos conviertan en marcas indescifrables.

Lámina botánica de roble: hojas verdes y doradas, y bellotas en distintos estados
Hojas y bellotas de roble. Lámina botánica. Autor no identificado.

Pero nada se pierde en la hondura del robledal. Lo que ayer dio sombra, mañana dará alimento; lo que parece muerto, servirá de principio. El roble devuelve a la tierra aquello que de ella recibió.

Cuando llega marzo y la luz se entretiene un poco más sobre las ramas, el roble comienza a mostrar unos botones apretados, casi insignificantes. Un día, sin avisar, asoman los primeros brotes, y donde antes hubo madera oscura, aparece un verde limpio y nuevo.

El árbol de alguna manera siente la evidencia del despertar, del reencuentro con la luz. La savia no duerme por dormir, duerme para despertar, sabe que la noche le hace falta al día.

El roble no estrenará una vida distinta: prosigue la suya. Volverá a crear sombra con la misma paciencia con que antes la perdió y en sus nuevas hojas habrá algo de las antiguas, algo de aquello que dejaron al deshacerse. Nada se desaprovecha. El roble tiene la maestría del reciclaje.

Sabe el roble que lo pequeño cuando cumple su cometido entra a formar parte de una obra mayor. Una sola jornada de un hombre apenas transforma el rostro de la tierra, pero muchas jornadas puestas una tras otra, abren caminos y mantienen en pie los pueblos. Así también trabaja la tierra, la suma de todas las hojas que caen cuenta un relato completo que ninguna de las hojas por sí sola podría contener. Pero en cada hoja habita el rumor del otoño entero.

Noviembre es un tiempo para paseantes entre la hojarasca, un camino de hojas que otoño tras otoño han ido cayendo para nutrir el sustrato del humus y de la vida misma.

El roble construye la tierra hoja a hoja, como los hombres construyen las catedrales; piedra a piedra.

Y llegará la primavera. No porque el roble olvide el otoño, sino porque nunca deja de esperar.

Para saber más del roble

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Lo que busca la abeja

Leer poesía hoy casi es un ejercicio de resistencia: frenar, sostener la mirada en lo sencillo. Un fraile capuchino se fija en lo mínimo, en el dorso de la piedra empapada de rocío, en lo que busca la abeja.

Por Clara MaestreNoviembre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Portada de Lo que busca la abeja, de Víctor Herrero de Miguel: lámina antigua de una abeja y su larva sobre fondo beis
Portada del libro (Reino de Cordelia).

A veces, adentrarnos en un poema, nos conduce a un placentero lugar que fluye y se describe de forma lenta, sin prisas, con cadencias y ritmos que el alma agradece.

Lo que busca la abeja es un poemario que, desde su experiencia franciscana de sencillez y humildad, su autor, Víctor Herrero de Miguel, fraile capuchino, doctor en Teología y profesor universitario, nos regala una mirada atenta a las cosas mínimas y a la vez hermosamente fundamentales. Basa sus líneas en la bondad del ser humano, en la grandeza de Dios en todos los detalles, en la gratitud por encima de todo.

Igual que lo enseñara San Francisco de Asís, el amor a la tierra y a sus criaturas, la humildad y el respeto absoluto por la creación, se nos presenta en estos poemas de forma cercana y cálida de la pluma de Víctor Herrero.

Leer poesía en estos tiempos de inmediatez y velocidad, más parece un desafío que un hábito, casi es un ejercicio de resistencia. Pretende frenar, sostener la mirada en lo sencillo, deleitarse en pocas líneas, sin florituras ni enredos, sin artimañas literarias, sin afán por nada, sino en plena libertad de expresión. Compartir. Emocionarse.

Buscar paz en la palabra regalada.

Os proponemos leer con sosiego el poema titulado, precisamente, Lo que busca la abeja:

Ver desde el margen cómo brilla el centro,
ser en el ángulo sombra y saber
que libres de tu afán pasan los días,
que el éxito no anhelas ni que el eco
de tu nombre retumbe en las paredes,
preferir siempre lo invisible – el dorso
de la piedra empapada de rocío-,
lo mínimo, lo que busca la abeja,
el grano que el amor transforma en pan.

Víctor Herrero de Miguel

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El placer de esperar

Salgado caminaba durante horas para llegar al lugar preciso y esperaba a que la luz y la nube estuvieran en su punto. Después de décadas fotografiando el horror, volvió a su tierra arrasada, plantó millones de árboles y se puso a mirar el mundo como el primer día.

Por Isabel MeladoNoviembre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Fotografía en blanco y negro: un río serpentea por un valle entre montañas, bajo nubes y luz rasante
Sebastião Salgado, de la serie Génesis. © Sebastião Salgado.

“La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo mientras el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen 1, 2-3).

“Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”. (Eclesiastés 3:11).

El célebre fotógrafo, Sebastiao Salgado (Minas Gerais, Brasil, 1944- 2025), premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1998, decía que “Hay que experimentar el placer de esperar”.

De hecho, realizaba parte de sus reportajes a pie para poder tener tiempo de mirar y sentir la vida, la naturaleza.

Hasta tal punto Salgado trabajaba con parsimonia que solía tardar unos 7 años en terminar sus series viajando por decenas de países. Un compañero de trabajo que pasó unos días con él, decía: “Sebastiao, verte trabajar es como contemplar cómo crece la hierba”.

Imagino al fotógrafo caminando durante horas, acompasando su paso al ritmo de aquella hierba que crece para detenerse en el lugar preciso. Esperar a que la luz sea óptima y la nube se forme con la forma más elocuente. Esperar el momento justo antes de la descarga en el que la condensación del vapor alcance su punto álgido y tenga que precipitarse torrencialmente.

Imagino al fotógrafo buscando refugio para proteger su equipo mientras respira el aroma inconfundible a tierra mojada.

Realizó 850 kilómetros a pie: “Descubrí que toda la tierra fértil de las orillas del Nilo salió de allí. Hice un viaje a la cuna de la comunidad cristiana, donde estuvieron los primeros judíos en Egipto. Fue como viajar al Antiguo Testamento. Aquél fue mucho más que un viaje de 850 km, fue un viaje de 6000 años a mi interior”.

Con su obra quiso demostrar la dignidad, la belleza de la vida en todas sus facetas. Y el hecho de que todos compartimos el mismo origen.

Fotografía en blanco y negro: enormes nubes de tormenta sobre un río de la selva amazónica
Sebastião Salgado, nubes sobre la Amazonía. © Sebastião Salgado.

Toda su obra es impactante, pero a mí me fascinan particularmente sus fotos de nubes a punto de descargar sobre el Amazonas.

No hay que olvidar que Salgado utilizaba medios analógicos y su técnica era muy novedosa.

En nuestro mundo, saturado de estímulos visuales, el ser humano percibe la realidad sobre todo a través de lo visual: estas fotos podrían haber pasado desapercibidas.

Sin embargo, y esto es lo extraordinario, las imágenes en blanco y negro de Salgado siguen impactando al observador que se detiene a mirar de verdad; porque esas imágenes barrocas nos obligan a mirar, casi hipnóticamente, nos obligan a detenernos, a guardar silencio y a recuperar una forma de contemplación que parece haberse perdido en nuestra vida acelerada.

La calma que transmiten no procede necesariamente de la quietud de los paisajes, sino de la sensación de estar ante algo que trasciende nuestra existencia.

Pero Salgado no llegó a fotografiar Génesis: su carta de amor a la naturaleza, por casualidad. Lo hizo después de haber contemplado el horror durante décadas. Y durante décadas, documentó guerras, desplazamientos, hambrunas y algunas de las mayores tragedias humanas (Otras Américas, Sahel el fin del camino, Trabajadores, Terra, Éxodo).

Fue al regresar a la antigua hacienda familiar en Minas Gerais, padeciendo una severa depresión, y encontrarla erosionada y brutalmente deforestada, cuando su mirada (y su acción) cambia de foco. Junto a su mujer, Lélia Wanick Salgado, fundó Institutos Terra con el objetivo de plantar un millón de árboles de 300 especies en la hacienda. Sin ningún tipo de conocimiento específico de botánica ni de ecología, empezaron a replantar: el 60% de las primeras plantaciones murieron: no eran especies autóctonas y faltaban nutrientes y lluvia. Sin embargo, perseveraron en su empeño, buscaron asesoramiento profesional de ingenieros forestales y la vida regresó: los insectos, los pájaros, los primeros mamíferos… Y “Con la vida en la granja, también volvió mi deseo de vivir”, dijo Salgado.

12 años después, donaron el terreno para que se convirtiera en parque nacional.

Fotografía en blanco y negro: laderas peladas y erosionadas alrededor de una hacienda, en 2001Fotografía en blanco y negro: las mismas laderas cubiertas de un bosque espeso, en 2013

Institutos Terra, Minas Gerais, Brasil, en 2001, cuando empezó a funcionar la replantación de la selva atlántica y en 2013, habiendo reforestado el terreno.

Hoy están plantados 2’7 millones de árboles, y se ha recuperado una buena parte de la masa forestal original, unas 550 hectáreas, lo que genera empleo local para más de 70 vecinos.

Imagino que esta experiencia de reforestación no solo le sanó de su depresión, sino que le llevó a su pasión por fotografiar el 46 por cien del planeta que aún se mantenía virgen, y que estaba ahí, como el primer día del Génesis.

Dirigir la mirada hacia lo que permanece intacto, virgen, le hizo reconciliarse con el mundo y el ser humano.

La calma que transmiten sus imágenes no es ingenua: es la calma de quien ha conocido el horror y, pese a todo, apuesta por la belleza del mundo.

Para conocer más de cerca su obra y su vida es muy recomendable el impactante documental sobre su legado, “La Sal de la Tierra”, codirigido por Wim Wenders y por su hijo Juliano Ribeiro Salgado

La sal de la tierra, de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado · Tráiler

Y para seguir disfrutando su obra, la exposición póstuma a partir del 28 de octubre en Madrid.

Aqua Mater: la exposición en Madrid

4 minutos de lectura
La música

La música amansa a las fieras

Orfeo aplacaba a las bestias con su lira. Hoy la fiera es la prisa, que nos hace llegar tarde a lo importante, y también a los niños se la hemos contagiado. Cinco piezas para amansarla.

Por Marta FrancoNoviembre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero

Dicen que la expresión “La música amansa a las fieras” proviene de la mitología griega, en concreto de la leyenda de Orfeo.

Orfeo era un músico y poeta del que se decía que tocaba la lira de forma tan extraordinaria que su música tenía el poder de detener el fuego del infierno, conmover a los dioses del inframundo o aplacar la furia de las bestias más salvajes.

Hoy sabemos que detrás de esta leyenda hay mucho más que magia o poderes sobrenaturales.

La música activa múltiples áreas del cerebro (como el sistema límbico, la amígdala y el circuito de recompensa), lo que provoca cambios inmediatos en nuestras emociones, la química corporal y el estado de ánimo. Escuchar canciones que nos gustan libera dopamina, las melodías lentas y suaves ayudan a disminuir los niveles de cortisol y los distintos tipos de música nos regulan emocionalmente: las canciones alegres aumentan nuestra energía y favorecen el optimismo, mientras piezas melancólicas pueden acompañar y validar momentos necesarios de tristeza y dolor.

Un estudio reciente realizado en lactantes en el Lincoln Medical and Mental Health Center de Nueva York ha confirmado que escuchar una pieza de Mozart mientras eran sometidos a una prueba médica reducía significativamente sus niveles de dolor.

En esta época de prisas, horarios imposibles y actividad constante, parece imposible encontrar un momento para parar y si lo encontramos estamos tan poco acostumbrados que en seguida aparece la culpa por no estar haciendo nada útil, esa horrible sensación de “estar perdiendo el tiempo”. Y los niños no son ajenos a ello, les hemos contagiado nuestra forma de vivir a cámara rápida, sin tiempo para nada y mucho menos para lo importante.

Quizá no es mala idea invocar la magia de la música, el poder de la lira de Orfeo, para que nos ayude a amansar a la prisa que nos invade, a esa “fiera” insaciable que nos hace ir corriendo a todos lados, llegar siempre tarde a lo importante y perdernos la belleza que nos aguarda, quieta y en calma, a nuestro alrededor, esperando pacientemente a ser vista.

Sirvan estas piezas musicales para ayudarnos a ello, a nosotros y a los más pequeños, ojalá nos traigan un poco de calma.

2 minutos de lectura

Debussy · Claro de luna (escena de Fantasía)

Satie · Gymnopédie n.º 1. Pascal Rogé

Chopin · Nocturno op. 9 n.º 2. Lang Lang

Mozart · Concierto para clarinete K. 622, Adagio

La misión · Tema principal

El libro

Con calma

Todos los niños nacen con una inagotable capacidad de asombro, y cada vez la pierden antes. Un libro con cincuenta historias de la naturaleza, de la polinización de una abeja a las fases de la luna, para recordar que cada maravilla lleva su tiempo.

Por Irene SánchezNoviembre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Portada de Con calma: una mariposa saliendo de su crisálida, en varias fases, colgada de una rama
Portada del libro (Flamboyant).

Observamos a diario cómo los niños de hoy en día pierden cada vez antes la capacidad de asombrarse. Todos nacen con una inagotable capacidad de asombro, ese brillo en los ojos, esas ganas de saberlo todo, esos millones de porqués. Sin embargo, cada vez se parecen más pronto a los adultos, viven demasiado ocupados como para detenerse a mirar con calma a su alrededor.

En los años 70, un profesor de universidad, detectó por primera vez una gran falta de asombro entre sus alumnos. Analizando la situación, comprobó que aquellos jóvenes no habían tenido suficiente contacto con la realidad durante su infancia.

Les faltó que les cantaran nanas, que les enseñaran rimas, que les contaran cuentos, bañarse en los ríos, jugar bajo la lluvia, ensuciarse las manos con tierra… así que pensó que tenían que experimentar aquello que no habían vivido de niños. Les enseñó a contemplar las estrellas, canciones y bailes, poesías. Aquellos jóvenes comenzaron a mirar el mundo de otra manera, a hacerse preguntas, a buscar la verdad, a preguntarse por el sentido de la existencia. Aquel maestro supo, que lo ideal habría sido que todo aquello hubiera ocurrido en la infancia.

A nuestros niños no les faltan planes extraescolares ni juguetes, pero a veces les falta ese contacto con la realidad. Esa calma, que tanto necesitan y tanto bien les hace. Esa capacidad para valorar el aquí y el ahora, y no estar siempre pendientes de lo que viene después.

Esta misma mañana, me sorprendía una familia en una tutoría, que me contaba que su hija, al ponerle una canción muy tranquila, había dicho en casa que esa canción le gustaba mucho, que le daba calma, que no le gustaba el ritmo frenético.

Su madre me preguntaba si habíamos hablado de esto en clase; yo, sorprendida, le contaba que sí, que al compás de lo que propuso Marta en el mes anterior, habíamos estado hablando toda la semana de Rosa León en clase, valorando sus canciones, su ritmo tranquilo, sus versos, incluso haciendo una copia de una de sus canciones en su cuaderno. No esperaba que les calase tanto la idea que intentaba transmitirles del ritmo frenético y de que nosotros necesitamos otro ritmo y aprender a valorar la tranquilidad y lo bonito de la vida. Sin embargo, a esta alumna, no solo le caló, si no, que supo encontrarle sentido dentro de su cotidianidad. Esto me hace pensar en lo importante que es hacerles partícipes de todo esto que nosotros ya entendimos, desde bien pequeños.

Lo necesitan, nos necesitan más presentes y más tranquilos.

“¿Qué vida es esta si, sumidos en la preocupación, no tenemos tiempo para detenernos en la contemplación?
Sin tiempo para quedarnos parados bajo las ramas y mirar largamente, como hacen las ovejas o las vacas.
Sin tiempo para ver, cuando pasamos por el bosque, a las ardillas que sus nueces en la hierba esconden.
Sin tiempo para ver a la luz del día plena, cual cielos en la noche, ríos llenos de estrellas.
Sin tiempo para girarse al ver la belleza pasar, mirarle los pies y ver que son capaces de bailar.
Sin tiempo para ver su boca enriquecer la sonrisa que su mirada nos pueda ofrecer.
Pobre vida esta si, sumidos en la preocupación, no tenemos tiempo para detenernos en la contemplación.”

W.H. Davies.

Esta es la primera página del libro de este mes: “Con calma”. Un libro que cuenta 50 historias de la naturaleza de una forma muy amena y con unas ilustraciones preciosas que ayudan a recuperar la capacidad de asombro, a entender que el ritmo de la naturaleza es otro, que cada maravilla que sucede en el mundo lleva su tiempo, desde la polinización de una abeja a las fases de la luna, hasta las amapolas floreciendo en un campo.

3 minutos de lectura
En tres lenguas

Vocabulario del mes

Nueve palabras de este mes, en español, inglés y alemán, para llevarlas a las clases de idiomas.

  • Mirarcuidar
    EN
    to care for
    DE
    pflegen
  • Músicapaciencia
    EN
    patience
    DE
    Geduld
  • Avegarza
    EN
    heron
    DE
    Reiher
  • Avequietud
    EN
    stillness
    DE
    Stille
  • Plantaroble
    EN
    oak
    DE
    Eiche
  • Plantahoja
    EN
    leaf
    DE
    Blatt
  • Libroabeja
    EN
    bee
    DE
    Biene
  • Fotografíanube
    EN
    cloud
    DE
    Wolke
  • Niñoscalma
    EN
    calm
    DE
    Ruhe
El curso mes a mes

Todas las entregas

Con el tiempo, esta página se convierte en un año entero visto desde el Kolbe: diez reflexiones, diez músicas, diez aves, diez plantas y diez libros.

  1. Entrega nº 1SeptiembreDrimia y esperanza · Mahler y Stravinsky · Papamoscas · Vid · Delibes de CastroLeer →
  2. Entrega nº 2OctubreUn árbol en el bolsilloLeer →
  3. Estás aquíEntrega nº 3NoviembreCalmaLeer la entrega →
  4. Entrega nº 4DiciembreEn preparación
  5. Entrega nº 5EneroPróximamente
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