Octubre: un árbol en el bolsillo

 

La tierra que se nos da Una invitación a mirar la Tierra como un regalo

Octubre: un árbol en el bolsillo

Octubre llega con las primeras mañanas de frío y el suelo lleno de hojas, y parece llamarnos a esperar. Es tiempo de sementera: el labrador abre la mano y la semilla cae en silencio. Arriba, el cielo suena: las grullas bajan del norte siguiendo a las que conocen el camino. En el monte, un castaño viejo sigue dando fruto, y en una castaña cabe un árbol entero. Un abuelo que cantaba los cuentos en vez de contarlos, y Albéniz recorriendo los campos de España; un pastor que plantaba árboles para quienes aún no habían nacido. Cinco maneras de mirar la tierra que se nos da. Y, para los niños, canciones de siempre para cantar historias en familia y una lenteja que brota entre algodones en un vaso de yogur.

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Semillas

Octubre es tiempo de sementera. El labrador abre la mano y la semilla cae en silencio; durante unos días, nada parece suceder. Así quedan también en los niños las palabras, los cantos y los cuentos de los mayores: como el grano bajo el terrón, esperando su hora.

Por Manuel FolgadoOctubre 2026
Pintura de Van Gogh: un campesino siembra a voleo en un campo labrado; detrás, el trigo maduro y un gran sol amarillo
Vincent van Gogh, El sembrador al atardecer (1888). Museo Kröller-Müller, Otterlo. Dominio público.

«En la imagen del sembrador bajo el sol abrasador también me habla del esfuerzo del campesino. Y me impresiona que, detrás del sembrador, Van Gogh haya representado el grano ya maduro. Me parece una imagen de esperanza: de una forma u otra, la semilla ha dado fruto. No estamos seguros de cómo, pero lo ha hecho.»

Papa León XIV

Octubre es tiempo de siembra. Dice el refrán: «Quince días antes de Todos los Santos y quince después, sementera es». Acaso ésta sea la más delicada de todas las sementeras porque en este mes se siembra el trigo que da el pan. El pan sagrado, el de las espigas de oro que crecen hacia los aires diáfanos de la meseta. En ese pan que sale de la tierra y del cielo se unen la ternura y la dureza del mundo.

Tierra, simiente y pan; principio, trabajo y altar. Por eso volvían cantando los labradores, pues una labor ordinaria acababa levantada hacia un misterio mayor. La relación es concreta. Lo preocupante es un hombre sin esa relación.

Pero mirar a la tierra en octubre es darse cuenta de que también es época de recogida y agradecimiento. Se llenan las despensas. Se llena el suelo de hojas, de frutos y semillas. Estas últimas, entre los dedos son menudas e insignificantes. Sin embargo, dentro de cada una duerme un árbol, una espiga, una flor o un fruto; en aquella menudencia, está aguardando la forma entera de una vida.

No todas las semillas son iguales, ni todas las tierras las acogen del mismo modo. Una busca la hondura húmeda de la orilla del arroyo; otra se conforma con el terrón seco y duro de la paramera. Cada semilla parece llevar consigo una querencia, como si conociese de antes el lugar donde habrá de nacer. Y las semillas saben que la tierra tampoco se expresa de una sola manera.

Cada tierra tiene su color, su tempero y su manera de recibir la lluvia. Tiene una luz singular y hasta un silencio que no se parece al de ninguna otra. Hay tierras de arena parda que están hechas para la encina y otras oscuras para el castaño. Y el hombre que es capaz de mirar, lo va aprendiendo casi sin darse cuenta. Quizá porque la tierra no está solamente debajo de nuestros pies.

La tierra la llevamos dentro.

Nos acompaña en los minerales primigenios que nos construyen, en la voz, en la manera de mirar el cielo, hasta en la manera de andar. El hombre de la llanura mide las distancias y aprende a vivir con el horizonte; el hombre de la montaña conoce la severidad de las cumbres, las nieblas y el rumor de los torrentes. Y acaso por eso, cada uno en su conversación tenga otras cadencias y su silencio otro temple.

Cada tierra hace al hombre que la habita. Y por eso cada tierra tiene también su música. Porque de niños, antes que de letras y de números, se nos llenaba el cuerpo de cantos.

Cuando Albéniz se sentó ante el piano y escribió las piezas de su Suite española, pareciera que no quisiera solamente hacer música, sino escuchar a la tierra y los hombres de cada tierra.

Mientras que “Sevilla” tiene la claridad, el movimiento de una tierra meridional y una luz que rebota en las paredes encaladas de los patios, “Aragón” adopta la fuerza y el ritmo de la jota con un pulso más recio, como de tierra dura bajo los pies.

Por eso cuando escuchamos a Albéniz y una pieza nos lleva a una tierra que quizá nunca hemos visto, no es solamente la música la que habla. Habla una tierra que encontró su modo de hacerse sonido, de expresarse a través de un hombre.

Hay en cada tierra un compás secreto que sólo perciben quienes han vivido mucho tiempo bajo su cielo. De ahí que el hombre lleve dentro el paisaje y las músicas de su infancia. La tierra necesita que se le cante y el hombre necesita cantar a la tierra, hoy más que nunca.

Llega octubre y el campo se prepara para recibir el grano. Es mes de mirar al cielo con paciencia. El labrador sabe que la tierra tiene sus leyes y que no se puede apresurar en la sementera. Hay que esperar a la lluvia, manosear el terrón, encontrar la humedad necesaria. Después, cuando llega el momento, se abre la mano y la semilla cae en silencio. Durante unos días, nada parece suceder.

El campo queda como si nada hubiese sido sembrado. Pero bajo la quietud de la tierra, en la oscuridad, comienza un trabajo lento. La semilla se abre, busca la humedad, echa raíz y, sin que nadie la vea, empieza a levantar hacia arriba aquello que un día será tallo, hoja, flor o fruto.

Así ocurre también con las palabras que los viejos dejan en los niños. El abuelo canta una copla y el niño escucha. Padres y maestros enseñan y el niño guarda. Le enseñan el nombre de las cosas del mundo. Y todo parece poco: un árbol, una canción, una palabra, un cuento…

Pero queda en la memoria del niño como queda el grano bajo el terrón. Y germina.

Un día, muchos años después, cuando aquel niño ya sea hombre, volverá quizá a decir aquella palabra, a cantar aquella copla, a contar aquella historia o mirará el árbol que creció con él. Entonces comprenderá que aquello que creyó escuchar como una manera de pasar el tiempo era, en realidad, una forma de herencia, de relación.

Una herencia que se conserva en una voz. En la memoria de una canción. En el nombre de un árbol. En la forma de preparar el pan. En una oración dicha antes de acostarse. La herencia no debiera ser un almacén vacío convertido en un páramo de deshechos.

Mientras el labrador deposita el grano que dará el pan en la tierra, los hombres depositan sus palabras en los niños. El primero confía en la tierra; los segundos deben seguir confiando en la memoria. Ambos saben que lo sembrado no se ve de inmediato. Que habrá que esperar.

Y quizá ése sea el milagro, el misterio del nacimiento, de la germinación: que la semilla sembrada en la tierra pueda hacerse árbol, que el árbol pueda hacerse madera, que la madera pueda hacerse instrumento.

Y que, finalmente, el instrumento pueda devolvernos la música secreta de la misma tierra donde nació. Como si todo estuviera unido. Decía Machado que “vivir era bueno, soñar era mejor, pero despertar era mejor que todo.”

Por eso mientras octubre llega con sus primeras lluvias, el labrador arroja el grano, una abuela canta y un niño escucha. Nadie parece hacer nada extraordinario. Solo cantar y sembrar.

Y, sin embargo, debajo de la tierra y dentro de la memoria está naciendo otra vez la vida. Despertando.

5 minutos de lectura

Albéniz, Suite española nº 1, op. 47

Un pueblo de Zaragoza, un abuelo que cantaba los cuentos en vez de contarlos y una jota de labradores. Octubre llama a esperar, y Albéniz recorre en ocho piezas para piano los campos y las tradiciones de nuestra tierra.

Por Marta FrancoOctubre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Pintura de Sorolla: hombres y mujeres con trajes tradicionales aragoneses bailando la jota al aire libre
«Aragón. La jota» (1914), de Joaquín Sorolla, perteneciente a la serie Visión de España de la Hispanic Society de Nueva York.

Los recuerdos de mi infancia transcurren en un pequeño pueblo de Zaragoza. Nunca fue un gran pueblo de esos con solera, construcciones de piedra pensadas para resistir el paso de los siglos, su buena iglesia románica o un árbol centenario en la plaza. Era más bien un amasijo de casas modernas y viejas mezcladas sin ningún tipo de criterio arquitectónico o sentido estético, con una iglesia en cuya pared lateral habían construido un frontón en el que jamás vi jugar a nadie y cuatro palmeras alrededor de una fuente (vete tú a saber quién pensó que el duro clima aragonés, con sus heladas y su cierzo, era el mejor lugar para ellas). Pero era mi pueblo y, como sucede con la rosa de El Principito, eso ya lo hacía único y especial.

Los días allí, en casa de mis abuelos, transcurrían lentos y parecían no tener fin. Solo la hora sagrada de la comida, la irrepetible comida de mi abuela, Anuncia, marcaba algo parecido a una rutina dentro de aquel mundo ajeno a las reglas del tiempo.

La música tiene el poder de transportarnos a momentos que creíamos olvidados.

Recuerdo dormir en una pequeña cama turca al lado de la de mis abuelos y cómo cada noche mi abuelo me cantaba un cuento. Cantaba, sí, porque mi abuelo no me contaba historias, me las cantaba. Cuentos, historias que había aprendido de sus padres, o jotas. Era un hombre grande, de metro noventa y manos enormes marcadas por el trabajo en el campo, poco dado a expresar sus sentimientos —como buen aragonés—, pero cuando cantaba lo hacía con una voz dulce y grave que parecía terciopelo. Algunas de sus canciones hablaban de reyes que encerraban a sus hijas en las más altas torres para no tener que casarlas; otras, del campo, de la siega, del trabajo y de los frutos.

Cada vez que pienso en mi tierra y en aquel tiempo, el recuerdo viene acompañado inexorablemente por la jota de Los labradores.

Jota de «Los labradores»

En ella se refleja la alegría por el trabajo bien hecho, ese trabajo que implica espera y paciencia. Porque los frutos tardan en llegar —si es que llegan—, que el campo es traicionero y basta una helada a destiempo para cargarse toda una cosecha.

Fotografía antigua: labradores trabajando el campo con mulas y aperos
Fragmento de un reportaje sobre la recogida de la cosecha de Ahora (Madrid), 30 de julio de 1936.

Octubre llega de la mano del otoño, de las primeras mañanas de frío, del suelo comenzando a llenarse de hojas, de días cada vez más cortos y parece llamarnos a esperar, a respetar los tiempos necesarios, a recordar lo aprendido de los que nos precedieron en el camino.

Portada de la partitura de la Suite española op. 47 de Albéniz
Partitura de la Suite española, op. 47 (International Music Company, Nueva York).

Albéniz · Suite española nº 1, op. 47 · Lista de reproducción

La Suite Española nº1, Op. 47, de Isaac Albéniz, es un conjunto de ocho piezas para piano escritas entre 1882 y 1889, inspiradas en distintas regiones y ciudades de España: Granada (Serenata), Cataluña (Corranda), Sevilla (Sevillana), Cádiz (Saeta), Asturias (Leyenda), Aragón (Fantasía), Castilla (Seguidillas) y Cuba (Nocturno).

Cada movimiento de la suite toma como base ritmos tradicionales arraigados en el trabajo rural, las festividades del campo y la tradición oral de los pueblos. A través de ellas, Albéniz recrea —como si de una postal sonora se tratase— el carácter y el sentir de nuestra tierra y de sus campos.

Esta obra del compositor catalán supone un viaje por la geografía española, su música y sus tradiciones, y quién sabe si también un viaje a momentos que creíamos olvidados. Y nos recuerda que el presente que vivimos tiene sus raíces ancladas en un tiempo no tan lejano en el que las cosas importantes requerían de paciencia, espera y tiempo, como esa semilla promesa de los frutos que están por llegar.

3 minutos de lectura

El trompeteo que viene del frío

A finales de octubre el cielo suena. Las grullas bajan del norte de Europa en formación de V, rumbo a las dehesas, siguiendo a las que mejor conocen el camino. Primero se escuchan; luego, si uno mira hacia arriba, se ven.

Por Manuel FolgadoOctubre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Pintura de grullas posándose en una marisma al atardecer
Bruno Liljefors, Grullas al atardecer (1921). Dominio público.

En el norte de Europa ya anda la luz a tientas por las tierras escarchadas de un invierno cercano, amaneciendo cada día más encorvada por el peso del frío. Las umbrías permanecen silenciosas en el hielo y en el verde húmedo del musgo, viviendo en un universo de sombras largas. Con desamparo del frío que quebranta, las grullas levantan el vuelo y comienzan viaje.

Y llegan por nuestros lares. Aquí, en el sur, a pesar de que últimamente el verano amenaza con perpetuarse, cada otoño siguen apareciendo los escuadrones de las grullas viajeras cruzando el cielo hacia el sur. Escena cotidiana de esta época del año, en un otoño cada vez menos cotidiano.

Primero no se ven —primero se escuchan—. Sobre nuestras cabezas, el cielo suena; entonces, algo tienen esos trompeteos de libertad que nos sacan de nosotros mismos y nos obligan a mirar hacia arriba. Y sí, son trompeteos más que cantos, trompeteos migrantes que llenan los caminos del cielo de ruidosa y simétrica perfección.

Verlas sobre el azul nos crea una nostalgia geométrica, una estampa elegante, antigua y nómada.

Crestean por las serranías eligiendo los collados ventosos más favorables. Cruzan la península sobrevolando nuestras ciudades y nuestros atascos.

Libres.
Aceptando que seguir a otras es el camino más corto hacia la libertad.

Siguen a las que conocen mejor el camino, se fían de las más expertas para encontrar los mejores caminos en el cielo. Se dejan enseñar. Ellas lo tienen claro, ¿y nosotros? Si de algo se debería preciar el hombre es de enseñar.

Libres —no libertarias—, ninguna niega la realidad del hielo que tapa la tierra, por eso vuelan juntas hacia el sur, porque todas son capaces de apreciar la misma evidencia. Miran con sus propios ojos y los ojos de una grulla ven lo mismo que los ojos de otra…

Buscan dehesas de encinas matriarcales para alimentarse de bellotas, que son la golosina que las trae hasta nuestras tierras, tienen la habilidad única de quitarles toda la cáscara antes de tragarlas. El hambre alimenta la voluntad.

Acuarela de tres grullas comunes de pie en un campo
Grullas. Acuarela. Autor no identificado.

El alimento es el motivo principal de su largo viaje de unos 4.000 km porque, en el norte, el hielo y la nieve tapan su comida habitual durante los meses de invierno.

Su característica formación en V es un eficiente ahorro energía volatinera. Las típicas formaciones de vuelo reducen el efecto del viento de cara y los remolinos sobre los individuos que viajan atrás, porque la retaguardia del escuadrón viajero está reservada a los más jóvenes e inexpertos.

Bando de grullas volando en formación de V contra un cielo de nubes
Grullas en formación de V sobre Mecklemburgo (Alemania). Fotografía: Frank Liebig, CC BY-SA 3.0 DE, vía Wikimedia Commons.

Cuando el cielo se pone bravo, colaboran, son solidarias y eso hoy en día no es cualquier cosa. La colaboración entre las grullas es uno de los ejemplos más fascinantes de ayuda comunitaria y trabajo en equipo en el reino animal.

Estas aves dependen por completo de la acción colectiva para sobrevivir a sus extenuantes viajes de miles de kilómetros. Si alguna viajara sola, moriría en algún momento del viaje.

El constante contacto visual y sonoro con el resto de la bandada les permite recorrer miles de kilómetros en unas pocas semanas desde el norte de Europa. Su vuelo sonoro y ordenado ha provocado desde antiguo a hombres de todos los tiempos. Han sido representadas en pinturas rupestres de la prehistoria. Homero alabó su canto en La Ilíada, Plutarco escribió sobre Teseo bailando como una grulla cuando derrotó al Minotauro y, según la mitología griega, el dios Hermes inventó la escritura viendo las formas que las grullas describían en el cielo, reduciendo los sonidos a caracteres, utilizando formas cuneiformes porque las grullas vuelan formando cuña.

De las quince especies de grulla existentes en el mundo, en España, es posible observar a la grulla común (Grus grus) entre los meses que van de octubre a marzo.

En cualquier lugar de la zona centro desde finales de octubre y hasta mediados de noviembre se pueden observar volando en dirección suroeste, solo hay que mirar hacia arriba cuando se escuche su trashumante trompeteo. Las dehesas extremeñas son el destino final de muchas de ellas, donde permanecerán hasta el final del invierno. Después, con los primeros calores, volverán a sentir con claridad la evidencia y viajarán al norte por las rutas que ellas tan bien conocen. 
Volando juntas. 
Ayudándose.

4 minutos de lectura

El castaño

El otoño entra por los ojos y a uno le entran ganas de subir al monte, a ver al castaño viejo. Al pie del árbol, entre la hojarasca, una castaña pequeña y lustrosa. Y dentro, escondido, un castaño entero.

Por Manuel FolgadoOctubre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Dos castañas brillantes asomando de su erizo abierto en la rama
Castañas en su erizo. Fuente: CRAEGA.

El amarillo de la estación se ve a lo lejos y a uno le entran ganas de subir al monte. No tiene demasiada explicación, el otoño entra en los ojos y te pones a caminar en la tarde, así, sin más. Por el camino aparecen los primeros quejigos; después, algunos arces, y la cosa ya luce para disfrutarla.

Ese día había que ir a ver al castaño viejo. A veces hace falta enriscarse hasta allí arriba por algo que no se sabe bien cómo explicar. No sé, cuando uno sube con sus preocupaciones y sus penas negras hasta ese tronco imponente y ve que ese ser colosal permanece, que sigue allí, a uno le queda la alegría de que algo sigue en su sitio en este mundo lleno de ruidos. Será la paz de lo que se mantiene o la necesidad de agarrarse a algo.

El castaño viejo, según cuentan los que saben, lleva allí cientos de años y ha quitado mucho hambre y mucho frío. Ya estaba cuando el camino aún era camino (ahora ya no queda ni un sendero entre la maleza). Ya estaba cuando nuestros abuelos aún no eran más que una promesa en el vientre de sus madres. Esos abuelos que cantaban a los nietos a la luz de la lumbre sembrando saberes en cada cantar.

Pintura de Sorolla: un gran árbol de copa amarilla en un paisaje de montaña en otoño
Joaquín Sorolla, El árbol amarillo, La Granja, 1906.

Uno se pone delante de semejante árbol y no puede por menos que admirarse de sus geometrías mirando de arriba a abajo —sorprendido como un niño—, comprobando que está hecho y que sigue vivo. Y ya se ven las cosas de otra manera. Sí, porque su tronco hueco y retorcido se abre ceremonioso, como el espacio para un ofertorio.

Al bajar la vista, uno ve una castaña que se había salido del erizo entre la hojarasca del suelo. Y se da cuenta de que el viejo árbol sigue dando fruto; el caso, digno de estudio, es muestra de un noble esfuerzo para este anciano. Era pequeña y redonda, lustrosa todavía. Aún no había perdido el prometedor brillo de lo nuevo. Coger castañas era un oficio latoso para el lomo, pero también para las manos. Eso es lo que cuesta aprender que la tierra no se manda, la tierra se trabaja. Bien lo saben las manos.

Las manos de los hombres que han vivido la tierra no son manos limpias. Tienen grietas, callos y tierra metida en los resquicios. Pero saben cosas que uno no aprende en los libros.

Uno sostiene la castaña un rato en la palma de la mano. Y, de repente, se presenta el pensamiento de cómo puede haber tanto árbol metido ahí dentro.

Lámina botánica del castaño: rama con hojas, erizos y una castaña
El castaño: hojas, erizos y castaña. Lámina de Pierre-Joseph Redouté para el Traité des arbres et arbustes de Duhamel du Monceau (1800–1819). Dominio público.

Porque allí, dentro de aquella semilla, estaba escondido un castaño entero. No se veía, pero era así. Esto estaba claro.

Estaba el tronco que todavía no era tronco.

Estaban las ramas que todavía no eran ramas.

Estaba la sombra que algún día podría dar.

Estaba, en esa semilla, la trasmisión de una belleza antigua, como en el canto de los abuelos a los nietos.

Y estaban, quién sabe, las manos de otro hombre que quizá recogiese otra castaña de aquel árbol que estaba por nacer y la mirara y la plantase, y aguardara.

El árbol sabe esperar. La tierra, también. Es uno quien se impacienta y quiere ver ya presente lo que simplemente está cavilando.

Al guardar la castaña en el bolsillo ya se tiene otra percepción. Dentro de aquella semilla, aunque todavía nadie pudiera verlo, hay un árbol que quizá viviese cien años. Tal vez más.

Luego, uno mira al árbol una vez más, como para despedirse y se pone a bajar del monte despacio, casi sin ganas. Con aquella sensación de habitar solo en lo necesario y jugando con la pequeña castaña en el bolsillo.

Pesaba poco.

Pero uno sabe que lleva consigo un árbol entero.

Con eso basta.

Y con eso, a fe mía, ya es bastante.

A sembrar.

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El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono

Un pastor de pocas palabras planta árboles, uno tras otro, en una tierra áspera y desolada. Años después hay agua, pájaros y pueblos con vida. Un libro pequeño sobre las obras cuyo fruto no es para quien las empieza.

Por Manuel FolgadoOctubre 2026Corrección de textos: Begoña Lombardero
Portada de El hombre que plantaba árboles, de Jean Giono: un pastor con su rebaño de ovejas camina hacia una arboleda
Portada de la edición recomendada.

Este pequeño libro es una historia sencilla en apariencia, pero de esas que dejan al lector con la sensación de haber despertado algo que seguramente ya sabía, aunque estaba adormecido en su entendimiento.

El relato nos presenta al único protagonista, Elzéard Bouffier, un hombre de pocas palabras y vida humilde que habita en una tierra áspera, desolada y casi sin esperanza. No es hombre de grandes empresas, ni de pregonar sus hazañas. Más bien, es de los que trabajan en silencio, con la paciencia de quien sabe que las cosas importantes no se hacen de un día para otro. Su empeño consiste en plantar árboles, uno tras otro; día tras día, año tras año. De hecho, el protagonista entiende su labor como una tarea a largo plazo que depende de que «Dios le conserve la vida», reflejando una alianza entre el esfuerzo humano y la providencia. El libro transmite un profundo mensaje espiritual que relaciona la obra creadora de Dios y la corresponsabilidad humana.

A primera vista, bien pudiera parecer tarea inútil. ¿Qué puede cambiar un solo hombre plantando unas cuantas semillas en una tierra abandonada? Poco, pensaría cualquiera con prisa. Mas ahí está precisamente la grandeza del relato: demostrar que lo pequeño, cuando se hace con fe, puede acabar siendo inmenso.

Bouffier no planta árboles para recibir aplausos ni para que su nombre quede escrito en parte alguna. Planta porque ha sido llamado a hacerlo, y eso le basta. Es su misión.

En realidad, los árboles que planta no son solamente árboles. Son agua que vuelve a correr, pájaros que regresan, animales que encuentran refugio, pueblos que recuperan la vida y hombres que pueden volver a mirar la tierra con esperanza. Sobre todo, son un regalo para quienes todavía no han nacido.

Ahí es donde este relato alcanza su verdadera hondura. No se trata únicamente de amar la naturaleza, aunque también haya en él una hermosa defensa de ella. Se trata de comprender que hay obras cuyo fruto no está destinado a quien las comienza. Bouffier trabaja para personas que jamás conocerá. Los que disfruten de aquel verjel no sabrán quizá quién plantó el primer árbol. Y, sin embargo, caminarán bajo la sombra de su esfuerzo.

Quien planta un árbol debe aceptar de buen grado que quizá otro recoja su sombra.

En estos tiempos nuestros tan dados a quererlo todo de inmediato la historia de Bouffier adquiere un significado especial. Vivimos pendientes de resultados rápidos, de reconocimientos y de saber cuánto vale lo que hacemos. Él, en cambio, parece comprender una verdad antigua: quien planta un árbol debe aceptar de buen grado que quizá otro recoja su sombra. Sus obras son semillas que quedan en el mundo y que pueden germinar mucho después.

Por eso, El hombre que plantaba árboles no es solamente un libro sobre la naturaleza. Es un libro sobre la responsabilidad de vivir pensando también en los que vienen detrás.

 
2 minutos de lectura

La música

Cantando historias

Por Marta FrancoOctubre 2026

El otro día miraba a mi hijo pequeño tarareando “It´s a kind of magic” de manera distraída mientras jugaba y pensaba en la enorme responsabilidad que se esconde tras los actos más cotidianos. Porque ellos nos miran, ellos sí que miran, y ellos aprenden de lo que les rodea.

Fotografía en blanco y negro: un niño pequeño, de espaldas, camina detrás de dos hombres imitándolos con las manos a la espalda
Siguiendo los pasos de su padre. Copenhague, 4 de marzo de 1972. Fotografía: Keystone Press.

Nos ven leer cada noche o ir a la biblioteca a buscar un nuevo libro en el que sumergirnos y quieren ser partícipes de ese ritual casi sagrado que resulta encontrar un libro que te robe minutos de sueño o te asalte con alguna de sus frases en los momentos más inesperados. Nos ven saliendo a pasear y disfrutando de la llegada del otoño con su recién estrenada paleta de colores. Y escuchan la música que acompaña nuestras mañanas de domingo mientras cocinamos o en los largos viajes al pueblo en verano. Y de repente, un día los descubres tarareando temas de Queen, preguntándole a un amigo que le mira con incredulidad “si sabe quién es Michael Jackson” o pidiendo que pongas alguna canción de salsa mientras cocinas.

A veces nos adelantamos a ellos y pensamos, erróneamente, que no van a apreciar la música que nos gusta o las canciones que formaron parte de nuestra infancia y les arrebatamos la oportunidad de disfrutar de aquello que nos hizo y nos hace felices.

Este mes puede ser el momento ideal para plantar esa semilla en ellos, mostrarles lo que nos apasiona y transmitirles lo que nos ha sido transmitido antes a nosotros para continuar el legado.

La música de Rosa León puede ser un gran punto de partida. Canciones tradicionales de las de toda la vida cantadas con gusto y con cuidados arreglos musicales alejados de los frenéticos ritmos comerciales que parecen inundarlo todo actualmente. Recuperemos, a través de estos temas, la maravillosa tarea de unir pequeños cuentos y aprendizajes con la música.

Volvamos, como hicieron con nosotros nuestros padres y abuelos, a cantar historias.

 
 

Rosa León · Los cochinitos · Lista de reproducción

El cuento

Había una vez una semilla

Un vaso de yogur, unos algodones y una lenteja. Pocas cosas emocionan tanto en los primeros años de colegio como ver brotar la semilla que uno ha cuidado. Este mes, un cuento sobre un abuelo que enseña a su nieta a cuidar el jardín, y un vídeo para ver en familia.

Por Irene SánchezOctubre 2026
Portada del cuento Había una vez una semilla: un abuelo riega una maceta con una flor mientras su nieta lo mira, en un jardín
Portada del cuento (colección «Milagros de la naturaleza»).

Aún recuerdo cuando limpiaba con tanto cariño el vasito del yogur que había tomado de merienda. Lo guardaba como un auténtico tesoro en la mochila, para llevarlo al día siguiente al cole. Llegaba el acontecimiento más esperado del año… ¡íbamos a germinar nuestras propias semillas en clase!

“Podéis traer lentejas, garbanzos o judías”, nos decía la profe.

Recuerdo perfectamente la emoción que sentía al poner mi lenteja entre algodones, regarla con toda la esperanza de que creciese, y después de varios días de espera y de observación, ver cómo brotaba mi semilla, aquella que había plantado, cuidado y regado yo misma.

Y es que ver cómo germinan unas pequeñas semillas entre algodones, con unas gotitas de agua en el vaso de un yogur, es uno de los acontecimientos más especiales para cualquier niño en los primeros años de colegio.

Es la base de la vida, la base de muchos aprendizajes… aprenden a cuidar, a tener paciencia, a esperar.

Por eso, observar cómo una semilla germina no pasa de moda, se vive con la misma emoción de generación en generación.

A día de hoy, tengo la suerte de vivirlo de nuevo cada año en el aula, desde los ojos de cada uno de mis niños, viendo en ellos la misma emoción que yo sentí. La emoción de poder cuidar de la vida de su plantita con tanta delicadeza y tanto cariño, una emoción que solo surge cuando de verdad esperas. Esto no deja de sorprenderme, pues en la era de la sobre estimulación, de las pantallas, del exceso de información, de la gratificación instantánea, este hecho podría parecerles insignificante, y, sin embargo, es uno de los acontecimientos más emocionantes para ellos, precisamente, porque requiere paciencia, mimo y cuidado. Es maravilloso ver cómo aprenden a apreciar con sus grandes ojos de asombro, el milagro de la vida.

En este cuento de Judith Anderson y Mike Gordon, un abuelo, enseña con mucho cariño a su nieta sus conocimientos de jardinería, en escenas sencillas que transcurren en la vida cotidiana.

Además del cuento, podéis ver este vídeo en familia. Es fascinante verlo con la música de fondo que lo acompaña “El Danubio Azul” de Johann Strauss.

 

Una judía germina: 25 días bajo la tierra

 
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En tres lenguas

Vocabulario del mes

Nueve palabras de este mes, en español, inglés y alemán, para llevarlas a las clases de idiomas.

  • Mirarsembrar
    EN
    to sow
    DE
    säen
  • Avegrulla
    EN
    common crane
    DE
    Kranich
  • Avebandada
    EN
    flock
    DE
    Schwarm
  • Plantacastaña
    EN
    chestnut
    DE
    Esskastanie
  • Plantasemilla
    EN
    seed
    DE
    Samen
  • Plantahojarasca
    EN
    fallen leaves
    DE
    Laub
  • Músicacosecha
    EN
    harvest
    DE
    Ernte
  • Libroplantar
    EN
    to plant
    DE
    pflanzen
  • Niñosgerminar
    EN
    to sprout
    DE
    keimen

El curso mes a mes

Todas las entregas

Con el tiempo, esta página se convierte en un año entero visto desde el Kolbe: diez reflexiones, diez músicas, diez aves, diez plantas y diez libros.

  1. Entrega nº 1SeptiembreDrimia y esperanza · Mahler y Stravinsky · Papamoscas · Vid · Delibes de CastroLeer →
  2. Estás aquíEntrega nº 2OctubreSemillas · Albéniz · Grullas · Castaño · GionoLeer la entrega →
  3. Entrega nº 3NoviembreEn preparación
  4. Entrega nº 4DiciembrePróximamente
  5. Entrega nº 5EneroPróximamente
 
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