
Septiembre: después del fuego
El monte quemado ya no es monte, o eso parece. Pero entre la ceniza brota una flor pequeña, y con ella empieza este mes. Una música que canta la resurrección; un pajarillo de doce gramos que cruza el Sáhara sin más equipaje que el cielo; una cepa que no sabe de prisas; y un libro que enseña a dar las gracias. Cinco maneras de mirar la tierra que se nos da. Y, para los niños, un bosque que renace en Fantasía 2000 y un cuento que sigue el año por el huerto.
De la ceniza a la esperanza
Después del gran incendio de la Sierra Oeste, un paseo por el monte quemado. No hay pájaros, ni sombra, ni rocío. Y, casi a ras de suelo, una planta pequeña que lo cambia todo.

A finales de agosto, el monte de la Sierra Oeste madrileña ya no es monte o eso parece al menos. Uno antes llegaba por el camino del Embalse de Picadas y, antes de distinguir la tabla de agua, veía aquella extensión boscosa, exuberante y le daba la impresión de entrar en un universo botánico donde refugiarse de la canícula. Pero ahora el camino va avisando de lo ocurrido, sin un verde que llevarse a los ojos, con los pinos enderezados unos y vencidos otros, negros todos, como si una industria abrasadora de negro carbón hubiese pasado sobre ellos sin dejar cosa viva a su paso.
El fuego tuvo tiempo de sobra para hacer su voluntad y no dejó apenas ningún rincón que no pareciera señalado por la desgracia. En las laderas donde antes la jara se adensaba hasta hacer imposible el paso de las alimañas, y los enebros alojaban sombras, quedan ahora laderas agrietadas, piedras grises y una broza negra que cruje bajo las botas. No hay pájaro ni criatura que se arrastre, ni nada. El silencio es la mortaja de un paisaje muerto, aparentemente bien muerto. Ni siquiera se oye el insistente zumbido de las moscas, que suelen encontrar su acomodo en la ruina. La tierra que se nos da ha sido maltratada, como si le hubiéramos declarado una guerra de la parece que no somos conscientes.
El pantano sigue allí abajo, quieto y angosto, pero tampoco es el mismo. En las orillas ha quedado una ceniza fina que el viento levanta madurando el desastre y echa sobre el agua parada. Las calas, antes animadas por bañistas en verano, están desiertas. El agua tiene un verde brillante, desconocido, metálico y enfermizo, que no parece avisar de nada bueno.
Lo peor no es, sin embargo, lo abrasado. Lo peor es lo que falta. Más allá de los contornos que uno alcanza a ver, uno sabe que faltan casas de buena gente que allí vivía, faltan ganados que habitaban esos terruños, falta lo que mató el fuego.
Al campo, sin hombres que lo miren con honra, le llega el fuego un día. Un fuego que comienza sin mucho estrépito una tarde en un paraje que lleva muchas semanas sin ver llover. El campo cuando arde primero huele a hierba, a jara, a rastrojera seca y amarilla. Y entonces levanta la cabeza el viento y le da vida, para ese entonces el fuego ya huele a muerte.
“Muerte” es una palabra exiliada en estos tiempos, pero se empeña en volver. “Muerte” es una palabra escondida, sí, una palabra que muchos se afanan en esconder, aunque “muerte” es una palabra muy presente y de uso corriente. Qué cosas…
Piensa uno entonces que quizá este cambio se pueda medir de manera más nítida en los recuerdos que dejarán de ser posibles. ¿Qué niño saldrá mañana a buscar un rocío que ya no encontrará en estos montes secos? ¿Con qué tierra aprenderá a hablar ese niño si la tierra sin hombres que la labren calla bajo las cenizas? La tierra callada, sin manos encallecidas que la toquen con respeto, sin la fatiga dichosa de la vida, no cuenta historias.
Deja uno los pensamientos de los hombres, vuelve a mirar y descubre que faltan también los pinos que hacían la raya del monte contra el cielo. Falta el olor de la resina cuando calentaba el sol y aquel rumor de hojas que uno no reparaba en escuchar hasta que, precisamente, dejaba de escucharlo. Falta, sobre todo, esa sensación de monte entero, de cosa antigua que estaba allí puesta tal y como fue hecha antes que nosotros y que, por eso mismo, parecía que iba a continuar allí después de nosotros. Pero se ve que quizás no.
Ahora sólo quedaban troncos enciscados y retorcidos, convertidos en una veta inerte de carbón. Así está la cosa.
Ahora, al final del verano, mientras las suelas se impregnan de ceniza, por el camino, uno mira alrededor buscando alguna señal de la vida de antes y sólo encuentra restos: una chapa retorcida, un trozo de cable, el hierro de una valla, alguna botella deformada por el calor. A los que nos gusta “patalejar” por el campo, no dejamos de mirar con la inquebrantable paciencia de encontrar algo; vamos, de ponerle los ojos al mundo a ver qué pasa.
Y entonces, casi al ras de la tierra quemada, aparece lo que no se espera, ¿qué es esto? Y uno se da cuenta de que mirar no es en vano. Como diría el poeta Claudio Moyano, “siente uno subirle entre los pasos el amor de la tierra”.
Sin esperarlo, uno descubre en el oficio de mirar una planta pequeña, tan poca cosa que podía pasar por alto a cualquiera que camine con prisa.
La ceniza se abre alrededor de su pie y de allí sale un tallo limpio, verde, de unos cuarenta centímetros, bellamente coronado por unas florecillas blancas, menudas, humildes, como si la planta no quisiera llamar la atención.
Es una drimia. El caso es que el nombre no le dice nada a uno, pero es el que esta planta tiene, y punto.


Uno se agacha para mirarla y le cuesta entender que aquello haya salido de semejante desolación. No ha caído una gota del cielo en tres meses. Alrededor no hay sino tierra negra, ramas calcinadas y piedras. Ni una mata de jara, ni una brizna de hierba que pudiera hacerle compañía o competencia, que también las plantas tienen pleitos. Sólo aquella vara verde sosteniendo sus pequeñas flores blancas contra el paisaje de carbón fabricado por la industria del fuego.
La drimia no parece angustiada, no parece enterarse de la desgracia. Así se las gastan las de su especie, viviendo en la dureza de la aridez, recias, sin una queja.
No sabe del incendio ni de los días en que ardió el monte, ni de los árboles que ya no están. No sabe tampoco que uno elige considerarla un milagro. Ha brotado y punto. Ha encontrado su momento y su sitio entre las cenizas, y allí cumple con lo suyo: echar el tallo, abrir la flor y esperar. Vivirá hasta el final del secreto de su semilla. Sin más, y sin menos.
Quizá ésa sea la manera que tiene el monte de vencer a la muerte del fuego.
No con grandes gestos, ni con árboles que vuelven de golpe, ni con una primavera que borre en cuatro días lo sucedido. El monte empieza desde las entrañas, despacio, casi a escondidas. La tierra, que está bien hecha, la tierra que acuna las historias de los hombres, aunque no las necesite, se volverá a vestir porque que la tierra es tránsito. Primero, una planta que nadie esperaba. Luego, otra. Después, alguna mala hierba. Más adelante, los primeros brotes de los matorrales. Y habrá que dejar pasar años para que vuelva la sombra y otros tantos para que el pinar vuelva a dibujarse contra el cielo.
La drimia no podía haberlo planeado. O sí, que con estas cosas uno nunca sabe. El caso es que un poco de misterio tampoco viene mal, que del misterio nace el entendimiento.
Pero estaba allí. Eso uno lo ve.
Y aquellas flores blancas, tan pequeñas que desde unos metros apenas se distinguen, parecen decir que el monte no había muerto del todo. Que debajo de la ceniza quedan raíces, semillas, memoria. Que el fuego podía llevarse los árboles, los nidos, los matorrales y hasta los caminos de los hombres, pero no puede con la voluntad antigua de la tierra de volver a cubrirse de verde. La tierra quiere vestirse.
Uno se incorpora y mira otra vez la ladera. Sigue negra. Sigue desnuda.
Sigue pareciendo lejano que aquello vuelva a ser monte de los que gusta mirar algún día.
Pero ya no era exactamente lo mismo. Ahora había una drimia. Y uno se pierde en la ensoñación de un relato que está por hacer, del cuento de toda la vida: “Había una vez en un monte, una drimia…”
Y, mientras aquella pequeña planta de flores blancas levantara sus cuarenta centímetros sobre la ceniza, ya no se podía decir que todo estaba perdido. Ahora hay una promesa.
De repente, uno piensa que drimia es poco nombre para la plantita que lo ha cambiado todo, porque un nombre así es cosa fría y taxonómica. Y entonces uno decide llamarla “Esperanza”.
Mahler, Sinfonía nº 2 «Resurrección»
Septiembre mezcla emociones antagónicas: nuevos comienzos, vuelta a la rutina, reencuentros. Y este año, más que nunca, la pregunta por el sentido frente al sufrimiento. Una sinfonía que aborda de lleno la muerte y el porqué de la vida.
Mahler · Sinfonía nº 2 «Resurrección» · Movimiento final
La música ha ido unida al hombre desde el principio de su existencia como un intento de poner banda sonora a la belleza que nos rodea. Y digo intento, porque muchas veces sucede como con las palabras: que se queda corta al lado de la inmensidad de la Creación y de los acontecimientos de la vida.
Septiembre comienza siempre con una mezcla de emociones a veces antagónicas: la ilusión por los nuevos comienzos, la pereza por la vuelta a la rutina, la alegría de los reencuentros, la nostalgia de lo vivido durante las vacaciones… Y este año, quizá más que nunca, esa pregunta del verdadero sentido y propósito de la vida aparece en el horizonte frente a tantas noticias de sufrimiento y devastación como los incendios que han arrasado nuestra tierra o la situación de Ceuta.
La Sinfonía nº 2 de Mahler, también conocida como Resurrección, podría ser la banda sonora perfecta para este tiempo. En ella, el compositor y director de orquesta aborda de lleno el problema de la muerte y el porqué de la vida. La pérdida de varios de sus hermanos durante su niñez hizo de la muerte un tema que le angustiaba frecuentemente y que siempre había querido plasmar en su música. Sin embargo, no fue hasta descubrir una página coral llamada Auferstehn (Resucitarás), sobre unos versos de Friedrich Gottlieb Klopstock, cuando Mahler encontró la inspiración que necesitaba para su segunda sinfonía.
En ella, el autor no solo muestra sus sentimientos a través del texto de Klopstock, sino que omite los cuatro últimos versos para añadir algunas aportaciones de su puño y letra (¡Moriré para vivir!), y hacer por completo suya la experiencia de la resurrección a través de la música.
Aparece la esperanza de la resurrección después de la muerte, como la drimia en medio de la montaña arrasada por el fuego.
En esta sinfonía aparece la esperanza de la resurrección después de la muerte, como la drimia en medio de la montaña arrasada por el fuego, dando luz a los momentos más oscuros dentro de la sinfonía y recordándonos una vez más que «el futuro es una promesa».
El papamoscas cerrojillo, la proeza de un viajero que conoce los caminos del cielo
Un pajarillo inquieto y poco llamativo que en septiembre se deja ver en cualquier parque. Lo impresionante no es su color ni su canto: es que cada otoño cruza medio mundo sin mapa, sin equipaje y sin fronteras.

Durante el mes de septiembre, en cualquier parque o jardín de nuestra Iberia, podemos ver un pajarillo inquieto, no muy llamativo en colores pero que hace lo posible por llamar la atención y dejarse ver con sus vuelos nerviosos de rama en rama: es el papamoscas cerrojillo. Lo realmente llamativo de esta ave no es su colorido, su tamaño o su canto. Lo impresionante de este ser son sus costumbres migratorias. Para muchas aves, el viaje no es una sencilla aventura entre dos largas estancias en distintos lugares del planeta; más bien, la migración es una verdadera forma de vida interrumpida por el tiempo de crianza y el reposo invernal. Es el caso del papamoscas cerrojillo, una especie en la que el viaje es la manera de estar en el mundo. Un estilo de vida, que dirían algunos.
En cualquier amanecida de finales de agosto o principios de septiembre, este pequeño pajarillo forestal sentirá el despertar del impulso viajero. Tras la crianza, su cuerpo, sin él saberlo, ya se ha estado preparando para el gran viaje otoñal. Aumenta la acumulación de grasa, cambia el plumaje y, cuando la cantidad de horas de luz baje a un valor determinado, algo dirá al papamoscas que ha llegado el momento; sentirá un impulso irresistible y emprenderá viaje rumbo sur.
Por entonces, los campos del norte empiezan a cambiar de color. En la meseta el trigo ya está segado desde hace tiempo y quedan los rastrojos amarillentos bajo un cielo enorme. En los barbechos escasean los insectos y las primeras noches frescas de rocío (ya no hay rocío) anuncian que el otoño anda ya de camino (o así era antes). Los árboles comienzan a perder la hoja y el aire trae ese olor limpio y recio de la tierra después del verano.
El papamoscas cerrojillo sabe que ha llegado la hora. Y se marcha. Libre porque sabe dónde tiene que ir. Libre porque puede hacer lo que es bueno, lo que tiene que hacer.
No lleva equipaje. No consulta un mapa. No tiene carretera que seguir, ni camino señalado. Simplemente extiende sus alas y emprende un viaje de miles de kilómetros hacia el sur, rumbo a África. El papamoscas habita en el territorio del instante.
Parece cosa de poca monta decirlo así: «se marcha a África». Pero pensemos un momento en lo que eso significa para un animal tan pequeño.
Tiene que cruzar países, montañas y mares. Ha de escapar de depredadores, soportar tormentas, noches oscuras y jornadas de mucho cansancio. Deberá bordear el inmenso desierto del Sáhara, donde durante cientos de kilómetros apenas hay agua ni árboles donde descansar.
Y, sin embargo, el papamoscas vuela.

Vuela porque es habitante del aire y no conoce las fronteras que nosotros hemos dibujado sobre la tierra.
Para él, los campos no tienen nación. Una encina no pregunta de qué país viene el pájaro que se posa en sus ramas. El viento sopla igual para todos. El sol sale para todos. Y el cielo, que parece no tener dueño, tampoco sabe de fronteras y está lleno de caminos que el papamoscas conoce, sin más. No sabe que nosotros, los humanos, hemos llenado el mundo de líneas. El papamoscas, en cambio, cruza por encima de nuestras geometrías, sin enterarse siquiera. Para él no hay aduanas ni pasaportes. Solo hay un camino que su naturaleza le ha enseñado a recorrer.
Y lo más admirable es que, después de pasar el invierno en África, regresa al norte.
Cuando vuelve la primavera, los campos de Castilla reverdecen. Los trigales empiezan a crecer, las encinas recuperan su maternidad y en las cunetas florecen las primeras plantas. El aire se llena otra vez de insectos.
Entonces, desde algún lugar lejano, regresa nuestro pequeño viajero.
Vuelve después de haber recorrido miles de kilómetros. Vuelve al mismo paisaje de bosques y sembrados. Quizá regrese incluso al mismo lugar donde se crió el año anterior. Se posará en un roble, mirará alrededor con sus ojos vivarachos y saldrá de nuevo disparado detrás de una mosca. Gran aliado tenemos en este infatigable y eficaz comedor de insectos. Nos es útil, deberíamos saberlo.
¿Cómo encuentra el camino?
Esa es una de las preguntas que todavía maravillan a los científicos. El papamoscas puede orientarse utilizando el campo magnético de la Tierra y otras señales naturales, como las estrellas, el paisaje, la posición del sol… quién sabe qué secretos guarda aquella cabecita diminuta.
Quizá por eso convenga mirarlo con sorpresa, respeto y admiración. Y ahí está la lección.
Cuando algún día veamos uno descansando de su viaje, posado sobre una rama, pequeño y aparentemente insignificante, pensemos que tenemos delante a un viajero incansable y a un gran controlador de plagas.
Y mientras nosotros necesitamos mapas para saber dónde estamos, él parece llevar el suyo dibujado en la sangre. Como si cruzar medio mundo fuera cosa de cada día. Y quizá así sea para él.
Libre, porque hay viajeros que necesitan caminos. Y otros, como el papamoscas cerrojillo, solo necesitan cielo.
El hombre y la vid, una vieja alianza
Septiembre es mes de vendimias. Desde el Neolítico, entre la tierra y el hombre existe un trato campesino firmado con el trabajo: tú me das sustento y yo te cuidaré las entrañas. La vid enseña que cuidar no es dominar.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.Juan 15, 5

Septiembre es mes de vendimias (o así era antes) y, por lo tanto, mes de vides doradas y racimos de uvas. La vid siempre ha sido una planta importante para el hombre. Es curioso que Jesús se presentara como la vid verdadera y a los seres humanos como los sarmientos o ramas que dependen totalmente de Él para tener vida espiritual y dar frutos. La vid de la tierra, la vid que da el vino de la comunión…
Desde que el hombre miró y aprendió a trabajar en la tierra, allá por el Neolítico, nació un trato. Un acuerdo campesino firmado con el trabajo: tú me das sustento y yo te cuidaré las entrañas. La tierra y el hombre, durante miles de años, a su manera siempre cumplieron ese trato.
A través de la vendimia, la relación entre la vid y los hombres representa una de las alianzas culturales, agrarias y sagradas más antiguas de la historia de la humanidad. Estos trabajos representan el ciclo de la vida, el esfuerzo del trabajo de la tierra y la transformación del fruto en una celebración del pueblo. En un rito campesino. Históricamente se ha vivido como una fiesta de agradecimiento y celebración de un pueblo. Es el esfuerzo que da inicio al nacimiento del vino.
La vid simboliza, como tantas y tantas plantas, la paciencia de la naturaleza que a su ritmo nos da de comer gracias a nuestro trabajo. La vid es una planta leñosa trepadora que requiere cuidados minuciosos durante todo el año; sin ellos la celebración del vino no puede suceder. Necesita de la mano guiada del ser humano para dar su mejor fruto. Requiere de unos hombres que la cuiden, unos auténticos guardianes del saber. El viticultor no solo ejerce un oficio, sino que realiza un arte que se ha construido a través de generaciones.
Renace cada primavera y madura bajo el sol del verano. Existe un profundo entendimiento y respeto mutuo entre el viticultor y su viñedo.
Una cepa no sabe de prisas ni de cuentas hechas en una app. Tiene su tiempo, que es el tiempo de la tierra. En invierno parece un palo reseco, desnudo y mortecino, y uno que no conozca su manera de dormir diría que allí no hay vida. Pero el labrador viejo sabe que bajo la piel áspera de la parra duerme la savia, aguardando su despertar.
Y llega la primavera.
Entonces la cepa lagrimea. Llora por los tajos de la poda, y de sus heridas manan gotas limpias. El hombre la contempla y sabe que aquello no es solo un hecho botánico: es un milagro que se repite año tras año.
Luego vienen los brotes, las hojas, la flor discreta y, más tarde, el racimo. Pero nada de esto se consigue a fuerza de dominar, de poder amenazante. El hombre puede podar, arar, sarmentar, descubrir la tierra alrededor de la cepa y quitar las malas hierbas; puede mirar al cielo y rezar cuando viene la helada o cuando la cosa se pone fea y las campanas tocan a tormenta. Mas no puede ordenar a la tierra que dé fruto.
Ahí está la humildad.
El honrado labrador sabe que trabaja con la tierra, no contra ella. Sabe que el terruño no es cosa que se pueda exprimir hasta dejarlo amortajado. Que el suelo tiene recuerdos. Si se le exige sin miramiento, si se le pide más de lo que puede ofrecer, llegará un día en que la tierra se quedará seca e inerte. Y entonces no habrá dinero en el jornal, ni beneficios, ni vendimia que valga.
No se trata entonces de dejar la tierra como está y olvidarse de ella. La tierra también necesita al hombre, porque una viña abandonada se hace palo, se debilita y termina por envejecer y morir pronto. La cepa necesita poda, cuidado y ternura. Precisa que el hombre la mire, se agache, se ensucie las manos y le ayude a dar. Es una enseñanza que vale para casi todo.
Cuidar no es dominar. Cuidar es mirar, conocer los límites, aceptarlos y obrar con misericordia.
Antes, cuando septiembre vestía el campo de un color dorado y las uvas empezaban a estar dulces en el paladar, el hombre entraba en la viña con sus manos y su cansancio. Agachaba el lomo, cortaba racimo tras racimo e iba llenando la cesta. Al cabo del día le dolían las dobleces. Pero había una satisfacción antigua en aquel cansancio, porque sabía que no le había sido regalado nada: había puesto su esfuerzo para recibir el fruto. Ahora en muchos casos ya no es así; las máquinas libran al hombre de ese sudor, y eso no es malo, porque el hombre avanza. Hay que avanzar.
Y, sin embargo, el hombre, en cualquiera de los dos casos, tampoco puede decir que la cosecha sea enteramente suya.
¿Quién dispuso la lluvia que le dio sangre a la tierra? ¿Quién dio calor al sarmiento que creció y cubrió la cepa? ¿Quién puso en la tierra esa fuerza misteriosa que convierte un poco de sol, de agua y minerales en un racimo de uvas? (Fotosíntesis llaman los que saben a este milagro esencial). El hombre trabaja, sí. Y mucho. Pero la tierra es generosa.
Por eso resulta tan injusto tratarla como si fuese un almacén, un mercado del que uno pudiera sacar siempre cuanto se le antojase. La tierra no es una máquina. Es herencia y, a la vez, préstamo. Porque una cepa puede durar más que un hombre. Y eso debería bastar.
Hay viñas viejas que han visto pasar guerras, sequías, hambres y generaciones enteras. Han visto morir a quienes las plantaron y han seguido dando fruto.
Pide a la tierra que no se la fuerce más allá de sus fuerzas, que se conserve el agua, que se cuide el suelo, que se favorezca la vida menuda que lo sostiene. Pide, en definitiva, que el hombre recuerde que lo que come sale de lo que pisa. Hay que saber que el oficio no consiste solamente en sacar fruto, sino en conservar la posibilidad de que mañana vuelva a haber fruto.
La vid nos enseña que no es mejor el hombre que hace que la tierra dé más, sino aquel que, después de haberla trabajado durante toda una vida, consigue entregársela al que viene detrás con la misma dignidad y el mismo vigor con que la recibió.
Gracias a la vida, de Miguel Delibes de Castro
Hay libros que se olvidan al cerrarlos y otros que cambian nuestra manera de mirar. Un hombre de ciencia, director de Doñana durante ocho años, explica con gratitud seria por qué dependemos de cada lombriz, cada hongo y cada buitre. Y por qué el hombre no puede salirse de la ecuación.


Hay libros que se leen y, una vez terminadas sus páginas, se olvida lo leído y ya está, sin más. Y hay otros que, de algún modo más hondo y silencioso, siguen con nosotros y cambian nuestra manera de mirar la realidad que nos rodea. Gracias a la vida, de Miguel Delibes de Castro, pertenece, creo, a estos últimos. Delibes es doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid, profesor ad honorem del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y autor de centenares de artículos científicos. Desde 1988 hasta 1996 fue director de la Estación Biológica de Doñana.
El autor, severo hombre de ciencia y profundo conocedor de la naturaleza, nos lleva por sus páginas con la serenidad de quien ha pasado muchos años observando la biología del mundo y aprendiendo de él. No se queda en hablar de animales, paisajes preciosos o ecosistemas: nos habla de la vida, de su prodigiosa diversidad y de ese delicado y sagrado equilibrio que permite que unas criaturas convivan con otras y que también el hombre encuentre su lugar fundamental en el mundo. Habla de la tierra que necesitamos para existir. Habla de esos bichillos aparentemente inservibles sin los que no podríamos vivir. Y no se olvida del hombre; ese es el gran error de hoy en día, sacar al hombre de la ecuación planetaria. Delibes de Castro lo tiene claro, como decía Félix Rodríguez de la Fuente: «El hombre y la tierra». Primero el hombre, pero el hombre biológicamente responsable, claro.
Hay en el libro una gratitud seria, casi elemental, hacia cuanto vive. Una gratitud que no nace de la contemplación boba e ingenua de una naturaleza que algunos siempre quieren ver hermosa y apacible (la Creación tiene también sus pleitos), sino del conocimiento de su verdad, de su belleza y fragilidad. Porque cuanto más se conoce la vida, más claramente se comprende lo fácil que es perderla. No podemos destruir lo que no sabemos hacer.
El libro explica de forma amena y rigurosa cómo dependemos de la naturaleza, revelando conexiones sorprendentes y complejas gracias a las cuales nuestra propia vida se mantiene. ¿Qué pintan las malas hierbas? ¿Cuál es la utilidad de los buitres? Cada lombriz, cada hongo tiene un papel primigenio en mantener eso que llamamos vida. Y siempre con el hombre dentro de las coordenadas de la vida.
Delibes de Castro escribe desde la ciencia, pero sobre todo desde la experiencia humana y desde el amor por la tierra que nos da de comer. Y acaso sea esta una de las mayores virtudes del libro: hacernos entender que conocer la naturaleza no significa solamente acumular saberes, nombres o cifras, sino aprender a mirarla con respeto. Un bosque deja entonces de ser únicamente un conjunto de árboles; un río, algo más que una corriente de agua; un animal, algo más que una especie que figura en una guía de campo. Todo adquiere un valor propio y forma parte de una trama de vida de la que nosotros mismos somos criaturas dependientes, más de lo que pensamos.
El libro nos recuerda, con palabras serenas pero no exentas de preocupación, que hemos recibido un mundo que no nos pertenece por entero. Al principio se nos ha dado, es cierto; después lo hemos heredado de quienes nos precedieron y habremos de entregarlo a quienes vengan después. En tiempos en que la pérdida de biodiversidad, la destrucción de los hábitats y el deterioro de nuestro medio natural amenazan ese delicado patrimonio, esta reflexión cobra una importancia singular. En una ocasión preguntaron al autor: «¿Por qué hemos de proteger la naturaleza?». Miguel Delibes de Castro respondió:
«Y ¿por qué protegemos el Museo del Prado?»
El autor comparó la supuesta inutilidad económica de cuidar espacios como Doñana con la del Museo del Prado: es evidente que perder cualquiera de ellos empobrece radicalmente a la humanidad.
Leer Gracias a la vida es, por ello, una manera de acercarse a la naturaleza, pero también de acercarnos a nosotros mismos como especie biológica que somos. Pues acaso una de las mayores paradojas de nuestro tiempo sea que, habiendo alcanzado un conocimiento extraordinario sobre el funcionamiento del mundo, hayamos olvidado a veces la esencial sabiduría de sentirnos parte de él.
Recomiendo vivamente su lectura. No solo a quienes aman los campos, los montes, los ríos o los animales, sino también a quienes deseen comprender por qué su conservación es un desafío que nos afecta a todos. Es un libro que invita a detenerse, a observar y, sobre todo, a agradecer.
Y quizá ahí resida la verdadera enseñanza de su título: dar gracias a la vida no ha de consistir únicamente en celebrar el milagro de estar vivos, sino también en cuidar aquello que hace posible nuestra existencia. Sin tierra no hay nada, por mucha tecnología que desarrollemos.
Porque la naturaleza no es una herencia que podamos gastar sin cabeza, sino un legado que hemos de guardar con humildad y entregar, siendo dignos de él, a los que están por venir. Este libro es una invitación a atreverse a mirar la realidad con los propios ojos de cada ser humano de modo agradecido, una provocación para tener un compromiso moral con el conocimiento que proporciona, en primera medida, esa observación atenta.
Deberíamos dar las gracias, pues, a la Creación y al Creador, y a todo lo que esto significa. Deberíamos dar las gracias a la vida y a que existan científicos y hombres honestos como Miguel Delibes de Castro, que nos regalan libros así. Porque agradecidos, seguramente, es la mejor manera de estar.
Gracias.
Stravinsky, El pájaro de fuego,
en Fantasía 2000
Fantasía 2000 · El pájaro de fuego · Stravinsky
Las películas Fantasía (1940) y Fantasía 2000, de Disney, son una manera excelente de acercar la música clásica a los más pequeños de la casa de manera atractiva y con imágenes de una gran belleza e impacto visual. En ellas, el gran gigante audiovisual pone la imagen al servicio de la música sirviéndose de pequeñas historias que encajan a la perfección con la obra elegida.
Este mes proponemos la versión recogida en Fantasía 2000 de El pájaro de fuego, de Igor Stravinsky. Se basa en la música del ballet original de 1910, pero emplea específicamente los movimientos de la segunda versión de la suite de concierto que Stravinsky reorquestó y acortó en 1919.
La animación recorre varias partes de dicha suite, destacando la Danza infernal (Danse infernale du roi Kastchei) para los momentos de máxima furia y destrucción del espíritu de lava que lo incendia y arrasa todo a su paso, y culmina con el solemne Finale, cuando el bosque renace gracias a la fuerza inagotable de la naturaleza, que resurge una y otra vez tras el desastre.
Con el tiempo, la naturaleza siempre se abre paso de nuevo y resurge de sus cenizas.
La belleza y el realismo de esta pieza hacen de ella una manera perfecta de mostrar a los niños la crudeza de la devastación del fuego, pero con la promesa final de que, con el tiempo, la naturaleza siempre se abre paso de nuevo y resurge de sus cenizas.
La magia de las estaciones,
de Tamara Chubarovsky

Hablando de mirar, este mes comienza uno de los hechos más evidentes para que los más pequeños puedan tomar conciencia de la grandeza de lo que sucede a su alrededor, comienza el otoño, lleno de luz y color.
Observar las estaciones acerca a los más pequeños a conocer y a entender los ciclos de la naturaleza.
Esto enseña de forma implícita, que cada cosa tiene su tiempo, la importancia de esperar a que cada fruto madure, de tener paciencia, el concepto de trabajar y sembrar para luego cosechar, confiar en los procesos de la vida.
En este cuento Tamara Chubarovsky, invita al diálogo y la conexión, entre el niño y el adulto que lo acompaña en la lectura. Ofrece un momento precioso de interacción y unión.
Relata las aventuras de cinco duendecillos, que recorren las estaciones del año, con las tareas del huerto asociadas a cada una de ellas.
Con las rimas y la melodía, por su combinación de sonidos, ritmo y movimiento, la autora estimula el lenguaje y la adquisición de nuevo vocabulario.
Además, se ofrece al final del libro un código QR, con propuestas de actividades, juegos, y dinámicas para contar y cantar en familia.
Vocabulario del mes
Ocho palabras de este mes, en español, inglés y alemán, para llevarlas a las clases de idiomas.
- Avepapamoscas cerrojillo
- EN
- pied flycatcher
- DE
- Trauerschnäpper
- Plantavid · vendimia
- EN
- grapevine · grape harvest
- DE
- Weinrebe · Weinlese
- El oficio de mirarceniza
- EN
- ash
- DE
- Asche
- Avemigración
- EN
- migration
- DE
- Vogelzug
- El oficio de miraresperanza
- EN
- hope
- DE
- Hoffnung
- Músicaresurrección
- EN
- resurrection
- DE
- Auferstehung
- Con ojos de niñopájaro de fuego
- EN
- firebird
- DE
- Feuervogel
- Con ojos de niñootoño
- EN
- autumn
- DE
- Herbst
Todas las entregas
Con el tiempo, esta página se convierte en un año entero visto desde el Kolbe: diez reflexiones, diez músicas, diez aves, diez plantas y diez libros.
