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GOLONDRINAS

GOLONDRINAS

Golondrinas, aves de barro y cielo | Manuel Folgado

En la espadaña de la iglesia, las cigüeñas se apuran en recomponer su cilíndrico nido, no cesan de transportar palos, barro, lana e insospechados materiales con los que acomodar la paciente incubación que se aproxima. Proclaman su presencia con crotoreos sonoros acompañando al reloj de la torre que marca el paso de las horas con tañidos de bronce. Pero una mañana de marzo, un nuevo parloteo acelerado se une al cantar con áspera solemnidad, como el rechinar sobrio pero necesario, de una llave en una cancela que llevaba un invierno cerrada. Ya no habrá silencio. La primera golondrina cantando sobre un cable, ya no es el anuncio de una primavera temprana e incierta como el florecer de los almendros, es signo de una primavera real. Su canto enseña el camino de los días que crecen, de las hojas escondidas en las yemas que nacen  y de la luz que deja ver el despertar de sus geometrías.

En marzo, las idas y venidas  de autillos, vencejos, estorninos, lavanderas o golondrinas son un trance constante entre lo efímero y lo que permanece, durante un tiempo consiguen nuestra atención y sorpresa. Después son remplazadas por otras despedidas o llegadas en el devenir lento del juego de la naturaleza con el tiempo. Las golondrinas son un eslabón más en la transmisión de un relato conocido y a la vez esperado. Herederas del conocimiento del viaje, revelado en la labor del barro y la inquietud del aire. Su vuelo penetra en el interior del tiempo, viviendo el umbral del calor con el que confluyen en una familiaridad que viene dada.

Los aleros, tejados y portaladas, se convierten en agradecidos vasares de unos recipientes de barro nacidos del trabajo incansable, moldeados por el pico de estas aves alfareras que otorgan a la tierra y al agua formas que rompen la monotonía de las líneas rectas trazadas por el hombre.

La llegada de las golondrinas desde otro hemisferio del mundo es otra invitación a levantar las torres atentas de los sentidos que captan la realidad y sorprenderse con estas aves que habitan en el viaje constante, pero también en la memoria. Después de miles de kilómetros de vuelos desde parajes lejanísimos retornan a la íntima portalada o al escondido alero donde permanece el mismo nido de barro en el que nacieron y fueron criadas. Parece que guardan en su recuerdo una cifra secreta, un misterio despierto de la infancia. Paradoja alada que vive en el aire, pero que nace en el barro. En su viaje sin olvido, también para ellas el cielo es el camino. Probablemente recuerden la espadaña de la iglesia con sus cigüeñas o los tañidos de bronce con el que se sigue celebrando el paso del tiempo.

Sobre las golondrinas

Aparentemente los medios humanizados no son propicios para la fauna salvaje. Sin embargo, cigüeñas, golondrinas, vencejos, gorriones, mirlos, estorninos o cernícalos primilla son parte de nuestro paisaje urbano. Algunas especies, sobre todo aves,  se han acomodado a nuestras construcciones y espacios, gozando de tolerancia  y aprecio. Las golondrinas igual que las cigüeñas, forman parte del entramado de calles y edificios, al que enriquecen con su sonora presencia.

Es en marzo cuando muchos invertebrados vuelven a la vida visible, grillos, mariposas, saltamontes, escarabajos o chinches comienzan el ciclo y se convierten en la despensa inagotable para muchas especies de vertebrados insectívoros. De este hecho se aprovechan las golondrinas.  En este mes las golondrinas empiezan a instalarse en sus lugares habituales tras llegar de sus zonas de invernada, en el África subsahariana.  Aves muy volatineras, consumen gran cantidad de invertebrados durante la primavera y el verano mediante sus vuelos rasantes, llenos de quiebros y frecuentes giros. Se estima que una golondrina puede comer 20 kilos de invertebrados al año, esto convierte a esta especie en una eficaz herramienta de control de plagas

Se suele decir que “San Raimundo trae la golondrina del otro mundo”, son muchos los refranes y dichos que hablan del extraordinario carácter migratorio de las golondrinas.  Hay golondrinas que crían en el Reino Unido y pasan el invierno en Sudáfrica. Esta especie está instalada, no solo en nuestros porches, aleros o corrales, sino que también habita en el acervo cultural y en la memoria del paisanaje con el que comparte espacios desde tiempo inmemorial. En las “Geórgicas” de Virgilio ya se citan estos hábitos humanizados de las golondrinas: (…) garrula quam tignis nidum suspendat  hirundo”.  (…)La golondrina gorjeadora cuelga sus nidos de las vigas.

Dónde verlas

En cualquier alero, viga o lugar resguardado debajo de un tejadillo. La golondrina es muy común en las construcciones de pueblos y ciudades. Se estima la población española en unos 30 millones. Es muy sencillo observar gracias a su cercanía, su vuelos, costumbres y nidadas. Puede que no exista una especie salvaje tan fácil de observar como esta.

No solo las golondrinas forman colonias urbanas, cigüeñas, grajillas, cernícalos primilla, aviones o vencejos llenan con sus vuelos y cantos el aire de nuestros pueblos y ciudades. Son una invitación a mirar la vida salvaje nuestras las cercanías.

Existen lugares donde conviven de forma sorprendentes varias especies de avifauna fácilmente visibles para paseantes urbanos:

  • Puente del arzobispo
    La mayor colonia de avión común de España se encuentra bajo el famoso puente de esta localidad manchega famosa por su cerámica.
  • Trujillo
    En sus edificios monumentales habitan y conviven cigüeñas, grajillas, gorriones, golondrinas, vencejos, aviones comunes, aviones roqueros, palomas y los escasos cernícalos primillas que se han convertido en el emblema de esta pequeña ciudad extremeña.
  • UAM Madrid
    En el aparcamiento subterráneo de la Universidad Autónoma de Madrid se encuentra una de las colonias de golondrina común más importantes de la Comunidad de Madrid. Su presencia es un gran valor natural para la universidad, ya que eliminan ingentes cantidades de mosquitos de la zona.
  • Alcalá de Henares
    Quizás sea esta la propuesta que mejor une arte y naturaleza urbana dentro de la Comunidad de Madrid. Su casco histórico está plagado de nidos de cigüeña. Con su elegante presencia, engalanan los monumentos de la ciudad y constituyen un símbolo de convivencia entre el patrimonio histórico y el natural. La nidificación de estas aves en los edificios históricos se ha convertido en un excelente itinerario turístico para conocer la ciudad: es «La Ruta de las Cigüeñas». También se pueden observar numerosas golondrinas, vencejos y también se puede disfrutar de los escasos cernícalos primillas a los que los tuaregs del desierto del Sahara, llaman «Lágrimas de los cielos».