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VIDA EN LO PEQUEÑO

VIDA EN LO PEQUEÑO

Encinar en invierno

Paisajes invernales | Manuel Folgado

Diciembre teje con cenceña y escarcha en la urdimbre de un tiempo que se estremece. Se enseñorea de blanco en las cumbres, mientras reparte por los valles el urmiento con el que se amasa en silencio la venida del invierno. En esta crudeza, lo pequeño se torna imprescindible y lo discreto se transforma en osado. Cada minúsculo fruto del majuelo, cada escaramujo, cada aceituna, cada bellota escondida entre las hojas es crucial. La pobreza invernal hace que lo más irrelevante a nuestros ojos, tenga un valor, la misma pobreza que exaltará más adelante el temprano florecer de los almendros.

La mirada inevitablemente busca las soberbias estampas de las cumbres nevadas, pero la vida habita en lo pequeño, en lo discreto. En los paisajes humildes, llanos y sin perfiles. Es tiempo de encinas, pinos y olivos. Mientras otros muestran una dormida desnudez, ellos se mantienen en una verde sobriedad que resiste la silenciosa embestida del frío. Ellos, los discretos habitantes de los campos humanizados, serán imprescindibles para mantener la vida en la estación invernal. Especies siempre verdes, modestas, aunque hospitalarias que se convertirán en refugio y alimento de legiones de pequeñas aves migrantes que cruzan las fronteras de Europa sin pasaporte, pero que conocen bien su camino.

Diciembre es tiempo de olivos y de aceitunas, de vareo y de agradecimiento. Es tiempo de paisajes habitables, forjados por el paisanaje. Sabe el viejo olivarero que las aceitunas que recoge en estas fechas nacen del cruel frío de enero que induce la floración, de las aguas de marzo que llenan de sangre la tierra, del viento de abril sobre el que viaja el polen de rama en rama y del calor del verano que abrasa la tierra. Todo hace falta para que las idas y venidas de un ciclo se condensen en una aceituna. En esa aceituna está también la reciedumbre de los enebros retorcidos cercanos al olivar, el aroma del hinojo que crece en los linderos o la llaneza del romero que acompaña los caminos.

Sabe el labriego y probablemente no sepa el moderno agricultor que lo que da la tierra nace del cielo. Delibes decía que:

“Si el cielo de Castilla es tan alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo”. Por ello a pesar del frío, toca estar agradecido. Seguramente la mejor manera de estar. Saben que el fruto no solo depende de su trabajo…

Es una época de humildad, palabra que viene de humus, de ahondar la vista en las mismas raíces de la tierra, en la humedad germinadora de la que manará la primavera lejana y en el verde sobrio de encinas, pinos y olivos. Es diciembre un mes para mirar esa sencillez que sustenta la vida desde lo aparentemente insignificante como una aceituna, porque a las puertas del invierno esa sencillez, a menudo tan difícil de entender, es en realidad una cualidad extraordinaria.

Los invernantes de los encinares, pinares y olivares 

También conoce el antiguo y sabio labrador la visita de los zorzales que salen ruidosos de la oliva que varea y que toca compartir alguna aceituna con ellos. Con los mismos que rompen el silencio que adensa la niebla de diciembre.

Estos incansables viajeros: zorzales, estorninos, palomas, petirrojos, avefrías, lavanderas o currucas vuelan hasta nuestros campos, buscando calor y alimento. Un simple espino albar puede convertirse en un imán para algunas de estas especies porque sus frutos, que resisten en las ramas hasta bien entrado el invierno son un sustento básico.

Los olivares se pueblan de zorzales. Más arriba, los milanos reales, como cometas del cielo vigilando el suelo, buscan topillos, como aliados del hombre en el control de plagas. Currucas en la hiedra, lavanderas de surco en surco en la arada, palomas en las dehesas, mirlos en el muérdago, alondras en las sementeras que ya verdean, petirrojos en los jardines…   

Todos viviendo en los paisajes sencillos y agradecidos del invierno, donde se puede vivir, mirando a lo lejos las sierras heladas, imponentes pero inhabitables salvo para especies montaraces o hibernantes.

En una época para pasear por las dehesas pobladas por grullas, para recorrer senderos de bosques mediterráneos modestos, pero llenos de matices, para caminar entre olivares, para buscar lo pequeño. Para encontrarse con las ruidosas bandadas de migrantes que nos acompañarán hasta la primavera. En tiempo de observar el agitado afán de las currucas y petirrojos buscando alimento o de los zorzales danzando sobre la rama dorada del muérdago.

Dónde  pueden verse

En el sur de la Comunidad de Madrid todavía quedan notables encinares, campos de olivos o interesantes manchas de pino piñonero donde poder observar a la fauna migrante en invierno. En valles de los ríos Alberche, Cofio y Perales encontramos las mejores representaciones de estos bosques siempre verdes y muy humanizados. Con la mirada despierta, la ayuda de unos prismáticos y guía de aves en mano podemos ir descubriendo la diversidad de aves de diciembre.

Cerca:

Más lejos:

 

Guía para identificar las especies más comunes:

https://www.seo.org/listado-aves-2/

Caminos en la hojarasca | Manuel Folgado

Independientemente de los quehaceres y de las fatigas de los hombres modernos, resiste una naturaleza que habita en unos tiempos que se repiten, como un cíclico teatro en un escenario ancestral. Decía Félix Rodríguez De la Fuente que

 “Pese al brillo de las hojas muertas, a la lluvia fina, al gorjeo del petirrojo, al aroma de las setas de cardo, para mí no ha llegado el otoño.

El otoño no rompe la frontera verano hasta que no se despeña desde el cielo la voz poderosa de las grullas”.

Ahora que las grullas ya volvieron del norte, se puede un año más, hablar del otoño.

Existen paisajes estáticos, invariables en el verde, enterrados siempre en la arena o embalsamados en la escarcha. Otros, en cambio, hacen de su vida un cambio constante de traje. Existen naturalezas que se engalanan con el color de la tierra para celebrar el paso del tiempo.

La otoñada quizás represente la mejor oportunidad para mirar el afán de una naturaleza que no se detiene, que acude cada noviembre a la cita con la hojarasca que alimenta al suelo y que siembra el renacer de un nuevo ciclo. La savia se para, se refugia y hace remembranza callada en las entrañas de la madera. Dormida. Esperando, porque toca saber esperar. Esperando en el ocre a la nieve, a la luz mortecina de la inviernas, al silencio de la clorofila, al desamparo que nace del frío. Y aún así, todo ello envuelto en una terrible belleza.

Y se cae el cielo caducifolio anclado a la bóveda de los árboles. Todo un universo vegetal que se desploma en una muerte sencilla y necesaria, en una plenitud cierta, pero seguramente incomunicable.

Las ramas se desnudan sin pudor y sin quebrarse… La rama desnuda no sujeta la nieve que llega siguiendo a los Santos y esa simpleza hace que después pueda revivir con los primeros abrazos del calor. Ingeniería de lo sutil y de lo perfecto. Algunas hojas se secan, pero se quedan presas para abrigar las yemas, es la marcescencia, custodiando la vida guardada en la corteza, sin prisa, no se irán hasta los primeros soles de marzo, cuando dejen de ser necesarias.

Es en noviembre cuando las florestas nos enseñan un clamor de dorados, naranjas, amarillos y rojizos, tejidos en una filigrana cromática que reina en un tiempo efímero, que no quiere perdurar, porque sabe que tiene un fin concreto y al mismo tiempo misterioso. Un trance familiar y que a la vez causa asombro. El asombro de lo que suele pasar desapercibido. Un acontecimiento que está hecho para ser mirado con ojos aurorales y sobrios porque esa mirada ayuda a esencializar. Un asombro para paseantes entre la hojarasca, un camino de hojas derrotadas, que otoño tras otoño han ido cayendo para nutrir el sustrato del humus y de la vida misma.

Sobre los bosques caducifolios

A principios de noviembre nuestras selvas caducifolias muestran todo su esplendor. Los bosques de robles, hayas, castaños, serbales o fresnos se pueblan de frutos y de silencios, la humedad habita en una atmósfera de lluvias y neblinas. Bellotas, castañas, hayucos o avellanas llenan generosamente la despensa antes del invierno mientras la bajada de temperatura avisa de la llegada de las primeras nieves.

Erizos, lirones, tejones y garduñas, muestra de una variada fauna forestal se emboscan después de aprovechar los últimos días de vida estival. Antes de hibernar se alimentan de enormes cantidades de frutos e insectos. Después se ovillan sobre sí mismos, para dormir en un refugio seguros hasta la llegada de la primavera. Mientras ellos se ocultan, escuadrones de pequeñas aves forestales se juntan en comunidades invernantes compartiendo el camino de encontrar comida y seguridad. Lúganos, carboneros, currucas, herrerillos, petirrojos o reyezuelos barrerán sotos y bosquetes en bandadas inquietas y nerviosas, también los podemos ver en parques y jardines urbanos.
Comienza este mes con la celebración de Todos lo Santos y como dice el refrán Por Los Santos, nieve en los altos. Es tiempo de honra a los difuntos y también de fiestas tradicionales en el norte como el Magosto, en la que los pueblos pequeños se hermanan para disfrutar de las castañas recién recolectadas y se prueban los primeros vinos y sidras del año.

Dónde pueden verse

En nuestro país tenemos las mejores representaciones de bosque caducifolio en el norte: los extraordinarios hayedos de Irati (Navarra), el robledal de la Reserva de Muniellos (Asturias), los bosques mixtos del Parque Nacional de Ordesa (Huesca)…

Pero, más cerca, en la zona del Sistema Central también podemos disfrutar de valiosos entornos forestales donde contemplar el otoño: