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ES TIEMPO DE…

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Caminos en la hojarasca | Manuel Folgado

Independientemente de los quehaceres y de las fatigas de los hombres modernos, resiste una naturaleza que habita en unos tiempos que se repiten, como un cíclico teatro en un escenario ancestral. Decía Félix Rodríguez De la Fuente que

 “Pese al brillo de las hojas muertas, a la lluvia fina, al gorjeo del petirrojo, al aroma de las setas de cardo, para mí no ha llegado el otoño.

El otoño no rompe la frontera verano hasta que no se despeña desde el cielo la voz poderosa de las grullas”.

Ahora que las grullas ya volvieron del norte, se puede un año más, hablar del otoño.

Existen paisajes estáticos, invariables en el verde, enterrados siempre en la arena o embalsamados en la escarcha. Otros, en cambio, hacen de su vida un cambio constante de traje. Existen naturalezas que se engalanan con el color de la tierra para celebrar el paso del tiempo.

La otoñada quizás represente la mejor oportunidad para mirar el afán de una naturaleza que no se detiene, que acude cada noviembre a la cita con la hojarasca que alimenta al suelo y que siembra el renacer de un nuevo ciclo. La savia se para, se refugia y hace remembranza callada en las entrañas de la madera. Dormida. Esperando, porque toca saber esperar. Esperando en el ocre a la nieve, a la luz mortecina de la inviernas, al silencio de la clorofila, al desamparo que nace del frío. Y aún así, todo ello envuelto en una terrible belleza.

Y se cae el cielo caducifolio anclado a la bóveda de los árboles. Todo un universo vegetal que se desploma en una muerte sencilla y necesaria, en una plenitud cierta, pero seguramente incomunicable.

Las ramas se desnudan sin pudor y sin quebrarse… La rama desnuda no sujeta la nieve que llega siguiendo a los Santos y esa simpleza hace que después pueda revivir con los primeros abrazos del calor. Ingeniería de lo sutil y de lo perfecto. Algunas hojas se secan, pero se quedan presas para abrigar las yemas, es la marcescencia, custodiando la vida guardada en la corteza, sin prisa, no se irán hasta los primeros soles de marzo, cuando dejen de ser necesarias.

Es en noviembre cuando las florestas nos enseñan un clamor de dorados, naranjas, amarillos y rojizos, tejidos en una filigrana cromática que reina en un tiempo efímero, que no quiere perdurar, porque sabe que tiene un fin concreto y al mismo tiempo misterioso. Un trance familiar y que a la vez causa asombro. El asombro de lo que suele pasar desapercibido. Un acontecimiento que está hecho para ser mirado con ojos aurorales y sobrios porque esa mirada ayuda a esencializar. Un asombro para paseantes entre la hojarasca, un camino de hojas derrotadas, que otoño tras otoño han ido cayendo para nutrir el sustrato del humus y de la vida misma.

Sobre los bosques caducifolios

A principios de noviembre nuestras selvas caducifolias muestran todo su esplendor. Los bosques de robles, hayas, castaños, serbales o fresnos se pueblan de frutos y de silencios, la humedad habita en una atmósfera de lluvias y neblinas. Bellotas, castañas, hayucos o avellanas llenan generosamente la despensa antes del invierno mientras la bajada de temperatura avisa de la llegada de las primeras nieves.

Erizos, lirones, tejones y garduñas, muestra de una variada fauna forestal se emboscan después de aprovechar los últimos días de vida estival. Antes de hibernar se alimentan de enormes cantidades de frutos e insectos. Después se ovillan sobre sí mismos, para dormir en un refugio seguros hasta la llegada de la primavera. Mientras ellos se ocultan, escuadrones de pequeñas aves forestales se juntan en comunidades invernantes compartiendo el camino de encontrar comida y seguridad. Lúganos, carboneros, currucas, herrerillos, petirrojos o reyezuelos barrerán sotos y bosquetes en bandadas inquietas y nerviosas, también los podemos ver en parques y jardines urbanos.
Comienza este mes con la celebración de Todos lo Santos y como dice el refrán Por Los Santos, nieve en los altos. Es tiempo de honra a los difuntos y también de fiestas tradicionales en el norte como el Magosto, en la que los pueblos pequeños se hermanan para disfrutar de las castañas recién recolectadas y se prueban los primeros vinos y sidras del año.

Dónde pueden verse

En nuestro país tenemos las mejores representaciones de bosque caducifolio en el norte: los extraordinarios hayedos de Irati (Navarra), el robledal de la Reserva de Muniellos (Asturias), los bosques mixtos del Parque Nacional de Ordesa (Huesca)…

Pero, más cerca, en la zona del Sistema Central también podemos disfrutar de valiosos entornos forestales donde contemplar el otoño: