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EDITORIAL NAVIDAD | STEFANO MOTTA

El capellán del Colegio Kolbe, Stefano Motta, nos escribe sobre el sentido de la Navidad

Verdaderamente vivimos en una época extraña.  Personas muy inteligentes y cultas describen aspectos de nuestra época con algunos términos muy potentes: “sociedad líquida”,  “hombre light”, “narcisismo”, “relativismo”.

No sé comprender hasta el fondo todos estos términos: a lo mejor hacen falta años de estudios de filosofía, de sociología y no sé qué más.  Pero algo sí se entiende, sobre todo si contrastamos estas expresiones tan plásticas con lo que vemos a diario: nuestra época tiene una herida. O, mejor dicho, el hombre de nuestra época, en nuestro contexto cultural y social, está herido.

Esta herida se oculta detrás de nuestra autosuficiencia, de nuestra presunta capacidad de arreglarnos la vida, de hacer consistir nuestro valor en lo que podemos hacer y realizar.

Pero la mayoría de las personas con que tengo trato – y yo – es muy frágil, a menudo incapaz de fidelidad, víctima de sus antojos, esclava de su instintividad. Y tiene sed. Tiene una necesidad muy grande de verdad, de amor, de certezas, de estabilidad.

Lo que celebramos en Navidad desafía de manera casi descarada esta fragilidad contemporánea: Dios se hace niño.

Un bebé nace. Es difícil pensar en algo más objetivo, algo que impulse con tanta fuerza a cada hombre a salir de si como para acudir a un pequeño ser que llora, que tiene hambre, que necesita nuestro amor, nuestro afecto. Tan pequeño e indefenso que depende totalmente de nuestra respuesta a su presencia necesitada.

Una madre puede permitirse ser narcisista (o relativista, o light, o líquida, si queremos) solo a ratos. Si su niño llora o tiene hambre, tiene que levantarse y darle el pecho. Punto. No existen interpretaciones ni atajos: si no lo hace el niño muere. Y este niño está. No depende de mi deseo. Existe. Noche tras noche hace falta cuidarlo, año tras año.

Dijo Chesterton que en el Nacimiento hay «algo que, aun a los más endurecidos corazones, traiciona con una irresistible atracción hacia el bien … Algo que es todo lo que hay en nosotros de ternura eterna. Algo que es la palabra rota y la razón perdida, que se concretan y se hacen positivas. Algo por lo que los reyes exóticos llegaron de un país lejano y por lo que los pastores dejaron sus correrías por la montaña, y por lo que la noche y la caverna imperaron solas, recibiendo algo que era más humano que la Humanidad misma.[1]». Algo tan bello que nos distrae de nosotros mismos para atraernos hacia un punto de luz que está fuera, que es otro.

En Navidad podemos contemplar algo increíble: toda la sed de verdad, de certeza, de estabilidad, de felicidad que marcan tan dolorosamente a cada hombre encuentran su respuesta concreta y objetiva en el Dios que se pone a nuestro lado. El Señor del mundo, del cosmos y de la historia no soy yo: es uno que llora porque tiene hambre, ríe por una caricia. No coincide con mi persona, con mis pensamientos: me obliga, de alguna forma, a olvidarme de mí para que pueda volver a encontrarme plenamente.

Aunque cueste mucho admitirlo – a lo mejor no teóricamente, sino prácticamente – nuestra salvación está fuera de nosotros. Convencerse de que yo, solo, puedo construir mi felicidad, puedo realizar el éxito de mi vida y vivir consecuentemente es una utopía maligna que lleva a someterse a una cantidad impresionante de ilusiones, y que fácilmente se convierten en ídolos: el dinero, la salud, la posición social, el trabajo, los amigos, la familia, la nación… todas cosas óptimas, aunque, en sí, demasiado pequeñas para que puedan edificar enteramente mi felicidad.

“Mirad cuántos señores tienen los que no quieren reconocer al único Señor”, dijo san Ambrosio de Milán; en Navidad es más fácil reconocer al único Señor porque se hace pequeño, muy identificable. No tiene el tamaño monstruoso de nuestro ego, sino el diminuto tamaño del niño de Belén.

Para verlo hace falta un pequeño paso fuera de nosotros mismos, y empezar a dejarnos imantar por su ternura.

[1] G.K. Chesterton, El hombre eterno, LEA, Bs. As., 1987, pp. 201-221


EDITORIAL NOVIEMBRE

Clara Fontana, Directora Académica del Colegio, reflexiona sobre cómo educar hoy.

El pasado viernes 20 de octubre tuvo lugar en el colegio un encuentro con Franco Nembrini, nuestro gran amigo. Volvió a ser un soplo de aire fresco, que nos hizo salir de nuevo con energías renovadas, con ganas de volver a empezar las veces que sea necesario. Solo por esto ya merecía la pena ir.

Pero, además, quería compartir con vosotros lo que está siendo objeto de reflexión entre nosotros en los últimos tiempos y que le preguntamos a Franco el otro día. Os recomiendo ver su intervención para ahondar en ello. Al comienzo de curso nos preguntábamos cuáles son los rasgos que definen la sociedad en la que vivimos y uno de los que detectamos como más llamativos es la pérdida de certeza respecto a la realidad. Nuestros jóvenes (y nosotros, no nos engañemos) viven en un mundo cada vez más virtual, cada vez más rápido e inconsistente, algunos hablan de una sociedad “líquida”. Y quizás sea oportuno preguntarnos si nosotros participamos también de ese alejamiento de la realidad.

Vivimos muchas cosas, muy deprisa, pero tenemos déficit de experiencia porque nada nos toca, nada deja huella, enseguida pasamos página y vamos a lo siguiente. Vivimos instalados en el cambio, en la opinión inconsistente, en la auto-referencialidad. Tal vez todo lo que estamos viviendo estos días en nuestro país con respecto a Cataluña pueda ser paradigmático para entender lo que digo.

En cuanto a nuestros hijos, lo podemos ver en cómo tratamos de evitarles sufrimientos o dificultades; en cómo nos duelen sus errores, como si fueran un juicio sobre nuestro ser padres o una mancha imborrable en sus vidas, en vez de ser una ocasión para el perdón y para dar un paso; en cómo tantas veces en la adolescencia desaparece el diálogo y la comunicación y no dejamos espacio a las preguntas, esas benditas preguntas que todos tenemos y que nos guían tantas veces a buscar la verdad, tan denostada por el relativismo reinante.

El resultado es que de la realidad solo nos llegan impresiones, pero no evidencias. ¿Cómo educar en la experiencia, en la relación con la realidad, también cuando ésta duele o no es como pensábamos?

Banner Franco Nembrini

Solo podemos educar en esta apertura a la realidad si, como dice Franco en su intervención, tenemos una percepción positiva de la realidad y de nosotros mismos. Es decir, si partimos de una hipótesis positiva, de la existencia de un significado, aunque este sea tantas veces misterioso e incomprensible. Sin esta percepción positiva de la vida, vivimos tratando de defendernos de ella – por cierto, inútilmente, porque la vida siempre nos hiere – y eso es lo que les enseñamos a nuestros hijos. Sin buscar un sentido se bloquea el diálogo apasionante con las cosas que se llama conocimiento y experiencia. Pegarnos a los hechos y no a nuestras ideas es un ejercicio que todos podemos y debemos hacer para que no prevalezca nuestra idea o nuestra impresión de las cosas frente a las cosas mismas. Y, por otra parte, si nuestros hijos no perciben en nuestra mirada su valor, independiente de cómo estén ellos en este momento, no tendrán una percepción positiva de sí mismos y crecerán en la inseguridad, siempre con la sensación de no estar a la altura de nuestras expectativas.

 


EDITORIAL

Clara Fontana, nuestra Directora Académica comparte con los lectores este editorial.

Inauguramos nuestro nuevo Blog elQuincenal online con el dolor por el difícil momento que está viviendo nuestro país. Lo hacemos con una reflexión que pretende ser una ayuda para educar en el momento presente, mirando los desafíos que nos plantea el mundo en el que vivimos y en el que están creciendo nuestros niños y jóvenes.

Esta mañana, al llegar a clase de Historia, no podíamos no mirar junto a nuestros alumnos los acontecimientos que están ocupando la atención de todos desde el pasado fin de semana. Los chicos, quien más y quien menos, han vivido en sus casas la preocupación y han visto las noticias y las imágenes que ha dejado la jornada. ¡Qué responsabilidad! ¿Cuál es, pues, nuestra tarea como maestros?

Cualquiera que se haya asomado con un mínimo de curiosidad a la Historia sabe que construir la convivencia es mucho más difícil que destruirla. Y que la mejor forma de destruirla es reducir al otro. Y lo reduzco cuando dejo de mirarle como hombre y le cuelgo un cartel, da igual cuál sea. Ese cartel le convierte de inmediato en mi enemigo, lo deshumaniza, lo cosifica, y entonces “todo vale”, entonces dejo de verle. Hay un libro fantástico que explica mejor que nadie lo que quiero decir. Se trata de Vida y destino, de Vassilij Grossman. En él, hablando de los peores momentos de los gulags soviéticos y los campos de concentración nazis, donde al hombre se le redujo a “enemigo del pueblo” o “enemigo de la nación alemana”, o…, se dice: “La historia de los hombres no es el combate del bien que trata de vencer al mal. La historia del hombre es el combate del mal tratando de aplastar el minúsculo grano de humanidad. Pero si ni siquiera ahora lo humano ha sido muerto en el hombre, entonces quiere decir que el mal no vencerá jamás”.

En estos días es importante analizar la situación, tratar de ayudar a nuestros alumnos a mirar lo que pasa, porque el diálogo con la realidad, la tensión a la verdad, es clave para crecer como personas. Por eso es bueno que conozcan los fundamentos de nuestro Estado de Derecho, el valor de nuestra Constitución y el privilegio de vivir amparados por la legitimidad democrática. Y es igualmente necesario que nos preguntemos qué nos une a los otros, porque ese es el fundamento de la polis, la búsqueda del bien común. La Historia está llena de ejemplos de cómo una ideología puede alejarnos tanto de la realidad que nos llega a separar o enfrentar al hombre o la mujer que tenemos al lado. Por eso, es necesario no aplastar “el minúsculo grano de humanidad”; es bueno que lloremos ante la violencia; es bueno que nos comprometamos en el diálogo con el otro, que siempre conlleva desplazarnos de nuestras posiciones y escuchar las razones del otro; es bueno que nos comprometamos con la paz, que podamos mirar juntos si “el otro”, aunque piense diferente, es un bien para mí. Solo así saldrán del Kolbe hombres y mujeres para el mundo, capaces de construir, de comprometerse, de dialogar.

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